-¿Quién entra primero?
La frase reverbera en el amplio techo del almacén, reverbera como otras tantas lo han hecho antes, y como pocas volverán a hacerlo jamás.
Juan piensa en ese detalle y no puede evitar un escalofrío.
-¿Cómo que quién entra primero? ¿Tanta prisa tienes? Vamos a fumarnos antes un cigarro, maldita sea. –Paul habla con un timbre inédito en él. Intenta simular tranquilidad, pero la voz le traiciona. Le sale extraña, forzada, con el mismo sonido impuro que informa al joyero experto de que una supuesta pieza de oro es falsa.
Ambos se sientan en el suelo, apoyando la espalda en una de las cabinas. El almacén está lleno de ellas, centenares de hileras interminables; miles de campanas metálicas, todas iguales; perdiéndose en la penumbra. La luz, mortecina e insuficiente, nace de unos tubos fluorescentes colocados en el altísimo techo del almacén, tan espaciados que permiten que la oscuridad se abra paso entre ellos. Incluso los cigarros que ambos encienden alumbran un poco, descubriendo unas mejillas sin afeitar y unos ojos mitad cansados mitad asustados.
Juan y Paul fuman en silencio durante un par de minutos sin dirigirse la palabra, lentamente.
-Dios mío, cómo hemos podido llegar a esto…
De nuevo Juan se estremece ante el eco de su propia voz, esta vez con la mirada perdida en el humo y la oscuridad.
-Se veía venir. Es lo lógico, no tiene sentido quejarse. Así habíamos de acabar.
Su voz vacila. Toda la coraza emocional que Paul tenía preparada amenaza con desmoronarse. Respira hondo y se frota la nariz mientras intenta mantener el tipo. Durante un instante Juan le odia por eso.
“Vamos. Muéstrate vulnerable. Llora un poco, joder. Demuéstrame que estás tan asustado como yo” Se dice furioso. Pero de inmediato la ira se desvanece. Quiere demasiado a su amigo como para enfadarse con él. El odio, la rabia… ninguno de esos sentimientos tienen sentido a estas alturas.
-Sé que debería sentirme dichoso… pero no es así, maldita sea. -Juan sigue mirando al infinito, a la negrura que extiende entre las hileras de cabinas, mientras apaga el cigarro con violencia-. No es así en absoluto. Me siento como un mueble. ¿Entiendes? Como una lámpara cara, o como un cuadro en un museo… o yo qué sé.
Paul mira a su amigo mientras acaba el cigarro. Le comprende perfectamente.
-Esto repugna al instinto. Repugna al animal que llevamos dentro. Pero es la única opción que acepta la razón.
-Lo sé.
-Alégrate. Piensa que has tenido suerte en nacer en esta época. Todos los hombres que han vivido a lo largo de la historia y han muerto han perdido esta oportunidad. Párate a pensarlo… ¡Todos! Julio César, Newton, Napoleón, Kennedy… Todos muertos. A la mierda con ellos.
Paul es incapaz de ver en el rostro de Juan la reacción a sus palabras. Impera la penumbra. Sin embargo, decide seguir hablando.
-Esta generación será la única que acabará humanamente. Y tú y yo seremos los últimos de ella. –Ríe entre dientes-. Qué honor, ¿no crees? La última generación de la humanidad. Los últimos hombres. Juan y Paul. De haberlos, saldríamos en los libros de Historia.
-Pero no los habrá.
-No, claro.
Permanecen de nuevo callados un rato. Ambos tienen mucho en que pensar, muchos recuerdos que paladear, muchos pecados que expiar. Ambos tienen aún muchas páginas que pasar, aunque saben que todos sus libros están ya quemados.
-Hubiese preferido vivir normalmente. Es decir, como han vivido todos. Envejecer, enfermar y morir. Y ver a mis hijos crecer.
-Eso es lo que dice tu animal…
-¡Pues claro, joder! –Juan eleva la voz y obliga a Paul a bajar la mirada-. ¡Claro que lo dice mi animal! ¡Soy un animal, Paul! ¡Todos lo somos!
Silencio, negrura, humo… y la presencia inquietante de las cabinas. Ciertamente no parece un final feliz. Quizá no lo sea.
-Perdóname, Pual. No quise gritarte.
-No tiene importancia.
-Ya. Pero no quiero irme con ninguna mancha. Perdóname.
-Sabes que no importa.
De nuevo el silencio. De nuevo miradas perdidas. El suministro de electricidad y fluidos de las cabinas hace un ruido constante, vibrante, tan sólo perceptible en una quietud tan perfecta como ésta.
-Si no lo hubiese hecho todo el mundo, yo no lo haría, Paul. Si María y mis niños no hubiesen aceptado… Por mí, todo seguiría igual. Me dirás que soy un retrógrado, y no me importa. Ya nada me importa una mierda.
-Ellos son felices.
-Claro que lo son.
-Y nosotros también lo seremos.
-Claro que lo seremos.
-No tiene sentido, pues, lamentarse.
-No tiene sentido… -Juan mira una cabina cercana con infinita tristeza y algo de temor. Está vacía, el piloto verde así lo asegura. En ese instante la elige. Ésa será la suya. Ése será su nicho-. No tiene sentido. Pero me lamento.
Suspira profundamente. Hace muchos años que sus emociones no se le aferran a la garganta como lo hacen ahora. Siente una gran bola que le impide hablar con normalidad. Cuando está a punto de dejar escapar todo lo que lleva dentro, rompiéndose como un cántaro lleno de agua, decide aguantar. “No estaría bonito llorar ahora, tan cerca del final. Contente un poco…”
-Nuestro problema es que somos modelos anticuados… -Se apresura a decir Paul, anticipándose a otro silencio-. Nuestra mente no acepta que seamos meros organismos reproductores. La evolución nos ha puesto la meta falsa de la felicidad para conseguir la meta verdadera de la conservación de la especie. La Naturaleza nos ha estado guiando como a un burro con una zanahoria colgando ante sus narices. Lo que vamos a hacer ahora, simplemente, es coger la zanahoria y dejar de trotar. Ya trotaron mis abuelos por mí.
Juan se restriega los ojos humedecidos y rompe a reír. Al principio Paul lo confunde con un ataque de llanto. Se tranquiliza sólo a medias cuando identifica las carcajadas.
-Tú deberías haber sido poeta, Paul. Esa imagen es buena… pero burro lo será tu padre.
Comienzan a reír los dos de buena gana, olvidándose durante unos momentos dónde están y para qué. Por desgracia, en aquel lugar amplio y vacío, el eco de las risas al apagarse resulta inquietante. Quién sabe si serán las últimas.
Paul evita de nuevo el molesto silencio. Intuye que si lo deja crecer será imposible detenerlo.
-Todo viene por un error de concepto.
El mutismo de Juan le invita a continuar.
-En la prehistoria funcionaba lo del señuelo. ¿Entiendes? La comida, el sexo y la familia proporcionaban felicidad, de modo que la evolución seguía, y nadie aspiraba a nada más. Sin embargo, en el último siglo las cosas cambiaron más rápido de lo que nosotros fuimos capaces de asimilar. No más enfermedades. No más muertes. No más necesidades. Si siguiésemos el sendero de la evolución, deberíamos haber aprovechado la tecnología para producir niños de manera industrial… ¿No es cierto?
Juan enarca una ceja, con ironía.
-¿Lo ves? Ahí está la prueba. La idea te parece absurda, pero ¡nuestro fin último es reproducirnos! No estamos diseñados para otra cosa. Sin embargo lo de fabricar niños en serie parece aberrante. En los últimos siglos nos olvidamos cada vez más de trotar y nos centramos en la zanahoria. Nos centramos en ser felices. A fin de cuentas, es lo que un burro listo haría.
Tarda en responder. Siente el peso de lo trascendental a sus espaldas. Esta charla será la última –se dice-. Este cigarro ha sido el último. Viviré eternamente con estos calzoncillos.
-No quiero la zanahoria –dice al fin-. No me la quiero comer, al menos. Prefiero seguir trotando mientras la anhelo.
-Trotar es inútil. Aún crees que trotando conseguirás ser feliz. Pero la única forma de conseguirlo es entrando en la cabina.
Juan niega con la cabeza. Se irrita al pensar en que parece un adolescente dolido, pero es tal y como se siente.
-Yo podría haber sido feliz si nadie se hubiera sumado a esta locura. Podría haber sido feliz con María y mis hijos. Podría…
Deja de hablar poco a poco. Se queda sin argumentos. Como Paul ha dicho, todo lo que le impide entrar en la cabina de una vez por todas pertenece al ámbito de lo irracional. Cualquier discusión lógica acerca de ello está de más.
-Sé que tienes razón –empieza a decir Juan lentamente-. Sé que tienes razón. ¿Y sabes una cosa? Eso es lo que más me duele: pensar que este es el lógico final.
-Consuélate. Dentro poco te dará lo mismo. Es la gracia del asunto.
-O la desgracia…
-Qué más da.
El silencio acaba por imponerse. Paul lo sabe, han superado el punto de no retorno. Ya no quedan palabras que decirse, ni bromas de las que reírse. Y si quedan, nunca serán dichas. Cada cual está ya decidido y no piensa sino en lo que será el resto de su vida.
Consciente de que el momento ha llegado, con una calma que se le antoja irreal, Paul se levanta. Juan ni se inmuta, a pesar de que sabe perfectamente que ese gesto de incorporarse significa cruzar la última barrera.
-Ha sido un placer haberte conocido, amigo –Paul le extiende la mano-. Creo que ya ha llegado mi hora.
Juan se levanta finalmente para darle un apretón. Acto seguido, se dan un abrazo, golpeándose amistosamente la espalda un par de veces, firmado la despedida.
-Lo mismo te digo. Nos hemos reído juntos, ¿verdad?
-Ya lo creo.
Ambos se cruzan una mirada temblorosa, sonriendo.
-Bueno, dejémonos de sentimentalismos. Es mejor no alargar esto.
-Sí…
-Adiós, Juan –y se da la vuelta, alejándose por uno de los pasillos formado por las cabinas.
-Adiós.
-No tardes mucho después de mí. ¿De acuerdo? –dice, dándose la vuelta.
-No lo haré.
Paul gira finalmente y se pierde en la penumbra, despidiéndose haciendo un gesto con la mano. Juan agradece que haya tenido el detalle de terminar lejos de él. Es mejor recordarle así, siendo comido por las sombras, caminando con la cabeza erguida. Sus pasos tardan un poco más que su figura en desvanecerse. Desde la oscuridad le llega a Juan el sonido de una compuerta al abrirse, quizás un suspiro lejano, y de nuevo otro sonido hidráulico. El definitivo.
“Se ha ido –piensa, y de inmediato añade con un escalofrío-. Estás tú solo. Tú solo en este mundo de locos.”
Sin saber cómo ni por qué, se le ocurre la absurda idea de que por primera vez en la historia, un solo hombre es capaz de determinar el pensamiento y el sentir de la humanidad entera. Se le ocurre que de repente nada es relativo, ya no quedan puntos de vista, no hay más discrepancia que la que pueda él guardar consigo mismo. Toda realidad emana de él, toda verdad es la verdad que él decida.
“Maldita sea. Por primera vez en la historia una encuesta mundial tendría un cien por cien de fiabilidad…”
Su propia carcajada le sorprende por inoportuna y feroz. Bueno… ¿qué más da? No hay nadie para reprenderle, ni para burlarse de él. Tampoco nadie para unirse a sus risas, sino el eco cadavérico del gigantesco almacén. Ese pensamiento acaba por decidirle. Se encamina con paso firme hacia la cabina que antes ha escogido, abre la compuerta, se introduce en el habitáculo, y la propia computadora le deja encerrado para siempre.
Se hace la oscuridad.
Juan apenas nota que tiene la boca seca, que el corazón late desbocado en su pecho, que tiembla hasta hacer castañear sus dientes.
-Dios mío, si estás ahí, perdóname…
Esas son sus últimas palabras. Él lo sabe, y el miedo de lo inevitable, de lo que no tiene marcha atrás, se apodera de él. Su animal interior da un último coletazo, desesperado, y le obliga a intentar incorporarse, aunque sabe que la computadora no le dejará salir. Unos grilletes acolchados pero firmes se le enroscan en las muñecas y pies, impidiéndole cualquier movimiento. Juan, su animal, grita, pero no es capaz de oír su propia voz. De los grilletes emergen dos agujas minúsculas que se le clavan en los antebrazos sin producir apenas dolor.
“No, no, no, no, no. Quiero escapar. Quiero trotar. Señor, perdóname. No quiero la zanahoria. Trotaré. Trotaré. Trotaré aunque tenga que ser a solas en la oscuridad…”
Poco a poco todo su cuerpo queda laxo y sin vida. Sus músculos no le responden. Tan sólo la voz de su animal conserva todas sus fuerzas, gritando dentro de su cabeza. Pero ya no es capaz de producir sonido alguno. Nuevos artilugios nacen de ninguna parte y van a parar a su cuerpo: brazos articulados, tubos, agujas con fluidos. Es incapaz de verlos o de sentirlos, pero los oye. Los oye con repugnancia cómo le alimentan, cómo le controlan, cómo regulan su cuerpo, cómo le cuidan. Vomitaría si sus músculos aún obedecieran.
Un nuevo grillete se le aferra a la frente, asiéndola con firmeza. La última aguja que se hundirá en su cuerpo, emerge del respaldo, a la altura de la nuca. Es tan fina y avanza con tal suavidad que penetra en el cráneo sin producir sonido alguno. Juan no lo sabe, pero algo acaba de llegar hasta lo más profundo de su animal. Es el cordón umbilical de la felicidad, el brazo robótico nacido del matrimonio entre la nanotecnología y la neurología, la torre de Babel del hombre moderno. El mayor de los retos que el hombre ha hecho a Dios y que jamás hará.
Juan trata de abrir la boca y no puede. Intenta respirar y fracasa. Llora por dentro sin derramar una sola lágrima. ¿Así ha sido el final de sus hijos? ¿Así acabó María? Prefiere no pensarlo. ¿Habrá fallado algo? La sola idea se le hace insoportable, llevándole a rastras hacia el precipicio de la locura. ¿Y si ninguna de las máquinas hubiese funcionado jamás? ¿Y si todo fuese un engaño fatal que la humanidad se ha hecho a sí misma? ¿Podrá resistir toda una eternidad de oscuridad y miedo hasta que algún cataclismo acabe con el suministro de energía fotoeléctrica que alimenta a la máquina? ¿Podrá aguantar siglos y siglos hasta que el Sol se expanda en un último aliento y el calor ponga punto y final a cualquier forma de vida?
Es lo justo -se dice-. Hemos aspirado demasiado alto y estamos todos recibiendo el justo castigo. No se puede escupir a la cara de Dios, o a las leyes de la naturaleza, o a lo que quiera que sea que rige todo lo que hay en el Universo. ¡Oh, Dios mío, somos simples animales, burros imbéciles con el cuello roto y la zanahoria en la boca!
Cuando toda la capa de racionalidad desaparece, cuando los últimos diez millones de años de evolución se deshacen por el miedo, el sentimiento adquiere una silueta informe y difuminada, abarcándolo todo, llegado a convertirse en la única realidad.
“Quiero trotar. Quiero trotar. Seré un burro bueno. Por favor…”
Ya es incapaz de oír nada: la máquina le ha despojado de todos sus sentidos corporales. No le quedan nexos de unión con la realidad, tan sólo su propia voz y sus propios sentimientos como únicos ejes de coordenadas en los que moverse. Toda la lógica empieza a derrumbarse como un gigantesco castillo de naipes.
¿De verdad quiere trotar? ¿Aún quiere trotar? Ya no está seguro. Se tranquiliza, y en una fracción de tiempo absurdamente pequeña como para cambiar de opinión, se ríe por todo el miedo que ha pasado. Qué estúpido he sido, piensa. La máquina funciona, y funciona perfectamente. Ahora comprende. Su realidad corporal ha quedado anulada sencillamente porque es innecesaria, prescindible, como los dientes de leche una vez caídos, o como la crisálida de una mariposa. No, eso tampoco es necesario: las metáforas pierden su sentido aludiendo a un mundo ya lejano e irreal. ¿Qué falta hacen las metáforas para avanzar hacia el Fin? Otra capa de las que cubren el misterio desaparece. Hay un Fin, un Fin verdadero, una zanahoria como antes dijo Paul, un punto al que todas las líneas paralelas tienden. Un estado interior siempre anhelado, algunas veces apenas imaginado; pero nunca visto ni mucho menos alcanzado. Ahora lo ve, a lo lejos, en la penumbra. Y se siente lleno de gozo al saber que podrá sumergirse en él hasta que el sol se apague. ¡Qué estúpido, qué estúpido ha sido al pensar que podría alcanzarlo viviendo como todos los demás hombres han vivido a lo largo de su absurda historia, como gusanos ineptos!
Avanza hacia el Fin con una velocidad prodigiosa, inimaginable. En su vida consciente y ordinaria, dar un simple paso hacia el Fin había costado un esfuerzo ingrato y desproporcionado para apenas acercarse un poco a algo que (ahora lo sabe) siempre estuvo a millones de kilómetros, dentro de su cabeza. Ahora no tiene que hacer esfuerzo alguno. La máquina lo empuja. Casi puede sentirlo. Casi puede tocarlo.
¡María, pequeña Ana, Juan, hijo mío, papá, mamá; espero que estéis sintiendo esto! –se dice, pero acto seguido olvida por qué lo dice. Cada risa, cada beso a su mujer, cada caricia a sus hijos… cada satisfacción en la vida que se le antojó en su momento como suficiente razón para vivirla, ahora la ve como un minúsculo paso hacia su objetivo. ¿Amor, amistad, cariño? Simples medios ineficaces y ridículos hacia el Fin. Taburetes en los que se subía con ingenuidad intentando tocar el cielo…
Pensaría ahora muchas cosas más. Las respuestas a todas las preguntas trascendentales que han atormentado a tantos filósofos y pensadores, se le aparecen claras y distintas, perfectamente definidas. Pensaría en lo maravilloso de lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande. En lo que muere y vuelve a nacer. En el deseo, en la búsqueda, en la necesidad…
Pensaría en todo eso, pero no lo hace.
Sencillamente, porque ya no hace falta.