19 de febrero de 2009

Un par de sabuesos

-…y fue así como conocí a Johnny McMurhpy –dijo al final George, jugueteando con los hielos de su vaso de whisky.

-¿McMurhpy? –Exclamó Jack, apagando el enésimo cigarrillo de aquella noche.

-Sí, Jack. Ya sabes. Tiene que sonarte

-Pues…

-Sí, hombre. Johnny McMurhpy. Deja que te cuente su historia… Resulta que el tío es tan feo que a buen seguro que ni la peor prostituta del Harlem le echaría un polvo. Y Johnny sabe cómo es de feo, vaya que si lo sabe. Cierto día, borracho al parecer, estuvo hablando con Paul Gray, el psicópata que atrapamos hace años. Johnny le pidió a Paul un favor: como sabía que jamás en su vida tocaría una teta, le rogó que le consiguiese un par de pezones de mujer y se los implantase cada uno en una nalga. Así, cuando estuviera más melancólico de lo normal, siempre podría manosearse su propio culo y echarle imaginación.

-¡Por el amor de Dios! ¿Y Paul accedió?

George se sirvió otra medida de whisky y miró burlonamente a su colega.

-Jack, no por nada ahora se le conoce a John por “Johnny Culotetas”…

7 de febrero de 2009

¡He visto a Dios!

-¡He visto a Dios! –dijo el viejo en su lecho de muerte, con los ojos en blanco y una mueca de horror en el rostro.

-Prosiga, hijo –le invitó el cura, treinta años más joven que el moribundo.

-Es… es una esfera perfecta, tetradimensional, infinita. Su color es blanco purísimo, resplandece como el sol de mediodía, pero no me ciega los ojos. En el interior de la esfera están todas las cosas bonitas del mundo. Hay niños riendo, y gente amando, y… y…

-¡Siga hablando, abuelo, siga hablando!

La nieta del enfermo lloraba serenamente, arrodillada junto a la cama.

-¡Y Dios tiene… tiene! –el viejo alzó las manos en señal de desesperación, incapaz de explicar.

-¡Continúe! –gritó el párroco, encendido de emoción.

Entonces el viejo abrió los brazos como intentando abarcar el máximo espacio posible.

-¡¡Tiene la pija así de grande!!

6 de febrero de 2009

Y como la musa no se dignaba...

Y como la musa no se dignaba a enseñarme el culo, me metí a jugar a un juego de mierda en una página web de mierda, llena de telarañas y olvidada incluso por sus creadores. El juego era divertido y enganchaba, el cabrón. Tras consumir dos o tres horas aquella madrugada, me pasé el jueguecito. Un monigote sonriente apareció en la pantalla y me ofreció la oportunidad de escribir mi nombre para ponerlo en el ranking de honor. Yo estaba somnoliento además de cabreado por no haber escrito nada en toda la noche. Medio groggy, me puse a golpear las teclas: “Déjame en paz. Sí, me he pasado la última fase, pero no he salido de mi bloqueo literario. No he escrito nada decente desde hace años, así que deja de sonreírme, muñeco pixelado.”

Lo escribí en un arrebato de ira, mirando al teclado, consciente de que no cabría en la ventana destinada a escribir el nombre del ganador. Pero cuál fue mi sorpresa al comprobar que esas frases sí habían cabido. Aquello no era normal, pues en esas ventanillas no suele haber espacio para más de diez o doce caracteres, y menos en un juego de mierda de una página web de mierda. Pero todo había quedado registrado, con el cursor parpadeando, hambriento de letras.

De repente la musa me enseñó el culo, y me lo restregó por al cara. Mis dedos empezaron a bailar solos por el teclado. Borré lo que había escrito y, poseído por una eléctrica sensación de lucidez, empecé a escribir en aquella ventanilla la mejor novela jamás creada en la historia de la Literatura. Permanecí horas, quizá días, tecleando sin parar siquiera a comer, con la irritante aunque simpática compañía de aquel muñeco que me decía “Felicidades, ha entrado en el ranking. Introduzca su nick.” Tecleé con un frenesí enfermizo, sabiendo que estaba creando algo grande.

Y cuando puse el último punto de la gran obra, con el sol del mediodía entrado por la ventana como testigo mudo de mi locura, pulsé ‘intro’ en lugar de copiar el texto para trasladarlo al portapapeles.

Y lo hice adrede.

De modo que la mejor novela jamás escrita por el hombre quedó expuesta en el ranking de un juego de mierda en una página web de mierda. Nunca saqué mi obra de allí, ni tampoco volví a visitar aquella página.

De hecho, no creo que nadie la haya visitado desde entonces.

5 de febrero de 2009

Cada vez que follas...

Cada vez que follas con condón o te la cascas, estás engañando a la Madre Naturaleza. Cuando en realidad sólo quieres echar un polvo que te proporcione unos minutos de placer egoísta y Sant Seacabó, la muy imbécil de la Naturaleza cree que estás buscando tener un enano cabezón que te joda la vida. Todo tu organismo, diseñado durante millones de años de evolución, reacciona con la única misión de reproducirse. La Naturaleza, ciega, asiente maternalmente dando su aprobación cada vez que llegas al orgasmo: “Así, hijo mío. Muy bien. Perpetúa tu especie. Ten descendencia.”

De modo que el mayor placer del sexo o de la masturbación no es el orgasmo en sí. Es cuando tiras el condón a la papelera o tiras de la cisterna tras la pajilla. Es entonces cuando puedes sonreír y decir “a criar hijos tu puta madre”.

3 de febrero de 2009

El padre estaba loco...

El padre estaba loco, vivía en las montañas aislado del mundo y le daba a la bebida. Vivía tan sólo en compañía de su hijo. Su hijo, Jack Jr., de trece años, jamás había visto a su madre. No tenía ni la más remota idea de qué había sido de ella. De hecho, tan sólo tenía una noción harto vaga de su existencia, en parte por su instinto, en parte por ciertas evocaciones imprecisas que había oído de boca de su padre.

Jack Jr. no tenía conocimiento alguno del mundo que no proviniese de su padre; jamás había salido de su casa. Su padre le había roto las dos piernas cierta vez, a los seis años, cuando intentó escaparse. Le curó y se restableció por completo, pero Jack Jr. se cuidó muy mucho de volver a intentarlo. Su padre solía pegarle sin ninguna razón justificada. “¿Por qué has arreglado el sillón que estaba roto?” “Porque quería ahorrarte trabajo, papá.” “¿Crees que no soy capaz de hacer mi trabajo? ¿Crees que ya estoy viejo?”

Y entonces le pegaba. En otras ocasiones, le daba una buena paliza por dejar que los muebles se cayesen a pedazos. Le pegaba por una cosa, por la contraria, o por ninguna de las dos, pero no podía dejar pasar un día sin recordarle quién era el que mandaba.

Jack quería a su padre. Jack temía a su padre. Y Jack odiaba a su padre con todas sus fuerzas.

En cierta ocasión, su padre le descubrió masturbándose. Le miró con una sonrisa y le preguntó con cierto rintintín. “¿Qué haces, hijo?”

Entonces, a pesar de la vergüenza, del miedo y del odio, Jack se atrevió a contestarle con cierto atrevimiento.

-¿Hay alguna forma de responderte sin que acabes pegándome?”

Y su padre le cruzó la cara con una bofetada de primera división.

-No, hijo. Parece mentira que no lo sepas a estas alturas. Claro que no, joder.

-Entonces estás enfermo.

Jack se cubrió esperando otra bofetada, pero descubrió asombrado que su padre ni siquiera había hecho el ademán.

-Eso pensaba yo de tu abuelo a tu edad. He crecido, y he visto que era un hombre sabio. Todo lo que ahora crees, aunque estés convencido, no vale para nada. En realidad somos iguales.

-Yo soy distinto a ti. Yo veo la verdad, y tú no. Y la verdad es que estás enfermo.

-Así, justo así le hablaba yo a tu abuelo. Pero he descubierto que soy igual que él. Y eres tú igual que yo, por muchas cosas que creas y por mucha mierda que sueltes por la boca.

Jack Jr. empezó a llorar, al principio por la impotencia de no encontrar palabras con las que explicarse, pero después por temor a que, después de todo, su padre tuviese razón.

31 de enero de 2009

Jodidamente Postnuclear

Todo era jodidamente postnuclear, por supuesto. No se veía a nadie por los alrededores. El muchacho se encontraba en las ruinas de un edificio bajo, quizás una de esas cafeterías americanas que solían abundar por las afueras. Daba igual: tan solo quedan un par de muros, un pilar y parte del techo. El suelo estaba sembrado de cascotes, pero se podía andar sin riesgo de tropezar si se andaba con ojo.

Recuerdo que era por la tarde. Había mucha luz, pero el sol se encontraba oculto tras uno de los muros altos de las ruinas. El cielo, sin rastro alguno de nubes, era de un azul intenso, algo oscuro pero increíblemente saturado, como pintado con rotulador. Contrastaba con el color pálido de las ruinas polvorientas.

El joven (pongámosle dieciocho años, ya que estamos, pongámosle una infancia pluscuanamericana, pongámosle un aspecto de héroe de serie adolescente cutre) se acercó a la esquina que formaban las dos paredes, oculta parcialmente por el solitario pilar y cubierta por la techumbre. Creyó ver algo moviéndose entre las sombras.

-¿Por qué todo es tan horrible? –Preguntó tímidamente, ignorando si recibiría respuesta.

Rodeó el pilar desde una distancia prudente y pudo ver lo que se escondía detrás. Sentado con la espalda arqueada, acurrucado como un armadillo, un viejo decrépito comía con las manos una sopa de ajo. Tenía las barbas largas, grises y descuidadas; una frente amplia arada por la edad y una melena canosa que le caía a la altura del cuello. Sin hostilidad, sin sorpresa, giró la cabeza hacia el muchacho y le clavó unos ojos aún más azules que el cielo que se cernía sobre sus cabezas.

-Eso pasa cuando las bombas caen. La cosa está así– se encogió de hombros y se metió en la boca un cacho blando de pan mojado-. Si no te gusta, pues te jodes.

Quizás el viejo no fuese tan viejo.

Quizás el viejo no tuviese más de cincuenta años. El viejo estaba en buena forma, el viejo tan sólo tenía arrugas en la frente, y el viejo no era un viejo desdentado. Masticaba con furia el pan mojado de la sopa de ajo. Y sus ojos azules desprendían juventud. Toda aquella decrepitud era producto de su melena larga y canosa de rockero trasnochado.

El muchacho (qué pelos, señoras, qué melena castaña al viento, qué encanto de joven) gritó impotente.

-¡Pero eso no debe ser así! ¡Yo tengo una beca! ¡Soy quarterback del equipo de mi instituto! Tengo una novia a la que amo, a la que apenas toco tanto la quiero y la respeto. Es rubia y en el baile de graduación fuimos elegidos rey y reina de la fiesta. Quiero casarme, comprarme un monovolumen Ford y envejecer sonriendo mientras mis hijos me joden la existencia. ¡No quiero esto!

El viejo sorbió ruidosamente el caldo de la sopa, con tranquilidad, ignorando la desesperación del joven.

-Cálmate, 37. Las cosas son como son. Analiza, adáptate y vence. –De repente subió el tono y le miró de nuevo directamente a los ojos-. ¡Y si no te gusta pues te jodes!

-¡Pero no es justo! –El muchacho gritaba furioso-. ¡No es justo! ¡No estoy dispuesto a admitir esto! Quiero mi vida anterior ¿entiende? ¡Mi vida! Además…–Empezó a respirar pesadamente, como a punto de romper a llorar-. ¿Por qué me llama 37?

El viejo tanteó con la mano derecha tratando de encontrar algo que se escondía a sus espaldas. Se levantó agarrando una gigantesca llave de fontanero y, con toda la tranquilidad del mundo, se la estrelló en la cara al joven muchacho. Un perfecto movimiento semicircular, con el brazo extendido, de atrás hacia delante. Paf. Auch.

El joven se retorcía de dolor tapando con las manos su preciosa cara partida. El viejo le extendió un espejo de mano para que pudiera mirarse. En su mejilla izquierda había quedado marcado un hexágono inscrito en una media luna, y un poco más abajo, el inverso del número de la llave. Quedó tatuado en su rostro trapezoidal el número 37.

El viejo se marchó, no sin antes despedirse.

-Así aprenderás cómo son las cosas, pedazo de imbécil.

Y le dejó el espejo, la llave y un plato de sopa de ajo. Habían pasado diez minutos y el puto sol no se movía. Habían pasado diez minutos y cielo era igual de azul.

30 de enero de 2009

La chica era guapa...

La chica era guapa como la chica más guapa y la chica era adorable como la chica más adorable. Con once años, tenía ya un aire de mujercita.

-Abuelo. ¿Por qué rompiste el reloj? -Pregunta la chica de cabellos rubios y ojos claros.

Y el abuelo permanece sentado en su mecedora. Tiene la mirada perdida, una barba de dos días y una expresión enferma en su rostro.

La chica no deja de mirarle con su cara angelical y una sonrisa que resplandece.

-¡Di abuelo! –insiste jovialmente-. ¡Di! ¿Por qué rompiste el reloj? Según lo que has contado, tuvo que ser muy divertido. –Y la chica ríe con gracia-. Mucho más que los relojes que te salen bien. Esos son muy aburridos: siempre lo mismo. Tic-tac. Tic-tac.

El abuelo, famoso en el mundo entero, sigue con la mirada perdida. No parece haber oído nada, o bien ignora a su nieta.

-¿Abuelo? –Repite la muchacha una vez más, sin perder la sonrisa.

Y el abuelo gira la cabeza lentamente, sonriendo. Pero es una sonrisa que no resplandece. Es una sonrisa que parece extender una sombra sobre kilómetros a la redonda.

-¿Sabes por qué rompí el reloj, querida? –Pregunta, escupiendo las palabras.

Y la chica, qué rica ella, niega con la cabeza, haciendo girar grácilmente sus coletas rubias.

La sonrisa del abuelo se agranda.

-¡Pues porque me salió de los cojones!

El abuelo no volvió a hablar en todo el día. La chica tampoco volvió a insistir.

29 de enero de 2009

Kilocodos partido microonzas al cuadrado

Resulta que desde el principio de los tiempos el hombre ha tenido la necesidad de medir el mundo que le rodeaba. La cosa empezaría midiendo tierra con el propósito de repartírsela con exactitud, y a falta de otras referencias, utilizó su propio cuerpo como sistema de medida.

-Hey, Cabeza de Mamut, estás en mi sembrado.

-Perdona, Cuerno de Chivo, pero creo que mi terreno llega hasta aquí.

-Vamos a ver, vamos a llevarnos bien. Qué te parece esto. Desde esos árboles hasta el río hay cien pasos de terreno. Cincuenta pasos para cada uno y listo. No vamos a liarnos a hachazos por esto.

-No vamos a liarnos a hachazos, pero mi parte de terreno es más estrecha porque el río hace un codo, y no tenemos la misma cantidad de tierra. No sé si me explico.

-Te explicas. Espera, que saco el ábaco de dientes de cabra y me pongo a multiplicar pasos cuadrados, para que los dos tengamos la misma superficie.

-Venga vale.

-Pos vale.

El problema venía porque en aquellos tiempos cada tribu vivía a su rollo, y cada una medía las cosas como Dios le dio a entender. Así que no era extraño que existieran roces en las zonas limítrofes.

-Hey, neandertal de mierda, te estás colando en mi territorio.

-Vete al cuerno, cromañón mamón. A que te atizo con mi hacha de sílex.

-No vayamos a leches. Quedamos en que desde esa cueva hasta el límite de tu terreno había treinta pies, y te estás colando.

-Y hay treinta pies. Lo que pasa es que calzo un cincuenta, chaval.

-Vamos a tener que liarnos a hostias, parece.

-Ngá.

Efectivamente, no sólo es que unos midieran en pulgadas, otros en pies y otros en codos, es que además el pulgar, el pie o el codo de cada uno era distinto. Y si os parece que exagero, buscad ‘libra’ en wikipedia y reíd a gusto. Hay hasta ocho libras distintas que yo haya contado. A cual más divertida que la anterior.

De modo que la tierra siguió girando, y las distintas regiones tuvieron que aprender a convivir con las medidas de sus vecinos para ponerse de acuerdo. A fin de cuentas, el mundo era un lugar gigantesco e inabarcable, y ponerse a unificar medidas fue una utopía durante largos siglos. Además, a la gente de a pie le bastaba con medir longitud, masa y tiempo, de modo que con una sencilla regla de tres se iba tirando.

Pero resulta que no todo se mide con longitud, masa y tiempo, y aunque al común de los mortales esto les diera más o menos igual, había gente un poco más especializada a la que esto le podía suponer un pequeño quebradero de cabeza.

- Esta pieza de oro no tiene buena pinta.

- A ver. Qué le pasa.

- Pesa una onza, pero me parece que el judío nos la ha colado. He ido a medir su volumen metiéndola en agua, pero las cubas para medir están en fracciones de pintas, y yo el oro lo mido en onzas por pies cúbicos.

- Bffffff. Onzas y pies cúbicos. No me líes. Yo me sé la densidad el oro en quilates y fracciones de pinta. Quién cojones sabe lo que pesa un pie cúbico de oro.

- Ya, pero es que en el taller las pesas que hay para la balanza son de onzas.

- No jodas.

- Yepe.

- Cagüendiez.

La regla de tres se va complicando a medida que las magnitudes a medir se hacen más complejas. Si dos personas miden volumen y masa de manera distinta, cada una con sus unidades, no salen dos posibles medidas de densidad, sino cuatro, con el cachondeo que ello conlleva. Y estamos hablando de la magnitud derivada más sencilla que te puedas echar a la cara: masa partido por volumen.

Con ello no es difícil imaginar el panorama que había en los siglos XVII y XVIII, cuando Galileo, Kepler, Newton y Leibniz se dedicaron a darle vueltas de tuerca al asunto. Estos tipos se inventaron el cálculo integral y diferencial para poner en marcha la mecánica clásica. Empezaron a utilizar de manera sistemática magnitudes más complejas, como aquellas que miden aceleraciones, campos gravitatorios y energías. No estamos hablando de que haya que revisar una simple cuenta. La mecánica clásica tiene la gracia de que midiendo unas cuantas magnitudes, a base de hacer cálculos, llegues a otras magnitudes por multitud de caminos posibles. Por ejemplo, imaginemos que estás en el siglo XVIII y que quieres medir la fuerza de la gravedad sobre un objeto. Puedes simplemente tirar el objeto desde una torre y medir cuánto tarda en caer. Con el tiempo que te sale, calculas la aceleración. Multiplicando la masa por la aceleración, tenemos la fuerza de la gravedad sobre el objeto en cuestión. Ya está. Calculada la fuerza. Ahora, como no estás seguro de tus cálculos, mándale una carta a tu colega de Londres mida lo mismo en su casa. El tipo cuelga el peso de un muelle cuya constante conoce, y ha multiplicado dicha constante por lo que ha estirado el muelle. Hala. Tu peso está en onzas y tu medida de la altura en varas. Su peso está en libras y la constante de su muelle, en arrobas por pulgada. Ponte a repasar unidades como un desgraciado.

Así que a finales del XVIII, a los franceses se les ocurrió una idea cojonuda. ¿No era la razón pura la fuente del progreso? Pues razón por un tubo. Nos inventamos una unidad para la masa, otra para la longitud, y ésas son las que valen. Medimos un cuadrante terrestre. ¿Ya? Pues que sepáis que el metro es la diezmillonésima parte. Ahora el peso. Cogemos un decímetro cúbico (para eso hemos inventado el metro) de agua a 4ºC. Lo que pese es un kilo. ¿Todos conformes?

Esto puede parecer totalmente arbitrario. De hecho lo es. ¿Por qué metros y no yardas? ¿Por qué kilos y no libras? ¿No da igual una medida que otra, mientras estemos todos de acuerdo? Pues sí, da igual. El patrón inicial que se tome da lo mismo. Pero es que estos franceses, que estarían hasta el ojete de hacer cuentas por un tubo, se dieron cuenta de que un sistema de medida podía ser más agradecido que otro a la hora de hacer cálculos. Para empezar, no todo puede medirse en metros: hay cosas muy pequeñas o muy grandes para las que el metro puede ser muy incómodo. La pulgada se utilizaba para objetos pequeños, las yardas, varas y pies, para distancias cortas, y las leguas para grandes distancias. ¿Qué tal si todas las medidas de longitud son múltiplos y submúltiplos del metro?

-Mucho mejor, dónde va a parar. Ahora sé que mi pene mide 15 centímetros. Yo mido 1,75 metros. Luego yo mido once penes y medio, y París está de Lyon a 2.6 millones de penes.

-Macho, el sistema métrico no lo acabamos de inventar para eso…

-Envidia cochina es lo que tienes. Lo que pasa es que a ti te salen más penes.

Pero no era ésta la única ventaja. La principal, la más útil y la que más ayuda a la hora de hacer cálculos, es que el sistema métrico ese coherente. ¿Qué significa esto? La fuerza se define como masa por aceleración. Luego si tenemos un kilogramo acelerado a un metro por segundo… sale un Newton. La energía es fuerza por distancia. Si aplicamos un Newton a lo largo de un metro… ¡sale un Julio! ¡Un Newton por metro cuadrado es un Pascal! Evidentemente esto no es magia. Esas unidades se definieron así. Pero hacerlo de esta manera tiene la ventaja de que las magnitudes son coherentes por sí solas, sin necesidad de ir añadiendo engorrosas contantes, cosa necesaria en el sistema anglosajón. Uno puede liarse la manta a la cabeza, hacer una serie de cálculos tan larga como se quiera, y si uno ha metido unidades del sistema internacional, saldrán unidades del sistema internacional. Tan seguro como que las vacan dan leche.

-Un Julio al cuadrado partido por kilogramo a la cuarta potencia es un Hotze.

-¿Qué mide?

-Todavía no lo sé, pero es un Hotze. Te lo juro. Uno exactamente.

El sistema métrico suponía una ventaja evidente, a no ser que hablaras inglés. No me preguntéis por qué, pero era así. Si hablabas inglés, los kilogramos no pesaban lo mismo, y los metros dejaban de tener cien centímetros.

-Y un carajo sistema métrico. No sea que midamos Gran Bretaña y nos salga más pequeña.

Así que los anglosajones decidieron seguir midiendo en sus unidades medievales, tan felices. Pero resulta que eso de que los franceses hubieran hecho un sistema de medidas les dio envidia. Así que decidieron, olé sus cojones, hacer un Sistema Anglosajón, por su cuenta. ¿Que eso es una estupidez, existiendo el métrico? Qué va. Estupidez sería, no sé, ver una peli española ambientada en Madrid y hacerla exactamente igual pero con gente americana y ambientada en Nueva York para no tener que leer subtítulos. Estupidez sería, por ejemplo, hacer dos sistemas anglosajones distintos, uno para América y otro para el Reino Unido, simplemente porque a principios del XIX todavía picaba aquello de la Guerra de la Independencia.

Sí. Es lo que estáis pensando. Igual que existe Vanilla Sky, existe el Sistema Tradicional de Estados Unidos y el Sistema Imperial (inglés).

-Hey yanqui, mi libra es más grande que la tuya.

-A que te pego con mi hacha de sílex…

-Ngá.

Todo esto me daría exactamente igual si no estuviera estudiando Ingeniería Aeronáutica. Que los anglormales midan como les salga del carajo; mis reglas vienen en centímetros. ¿Verdad? Pues nein. Resulta que gran parte de las normas aeronáuticas vienen del otro lado del Atlántico, con sus correspondientes pies, pulgadas, libras y (esto realmente me pone enfermo) libras fuerza. Sí, joder, libras fuerza. ¿No pesan las cosas? Pues una libra pesa una libra fuerza. ¿Coherencia de unidades? ¿Ezo qué eh lo que eh? Pon unos cuantos números en la ecuación hasta que te cuadren las unidades, que pareces tonto. No esperarás que utilicemos vuestros kilos y Newtons con olor a ajo…

Así que lo tengo decidido. Si la Humanidad quiere avanzar, el mundo entero tiene que aunar sus fuerzas e invadir Gran Bretaña y Estados Unidos. Hay que invadirlos, correrlos a todos a hostias, meterles a cada uno una regla graduada por el culo y colgarles un kilogramo de los huevos. Un kilogramo exactamente.

22 de enero de 2009

Y todos se quedaron a escucharle

Aquel día de junio la clase de don Antón no resultó en absoluto aburrida; acontecimiento extraño que fue celebrado en silencio por todos sus alumnos. Normalmente este buen profesor solía enfrentarse con estoica resignación a la indiferencia y apatía de los muchachos a los que daba clase, de no más de diecisiete o dieciocho años. En sus casi treinta años de docencia había aprendido a seguir explicando incluso cuando no le escuchaban más que las paredes. Nunca se interrumpía reclamando atención. Jamás se enfadaba, ni gritaba, y tampoco gustaba de dar consejos paternalistas en sus clases. Por todo ello, aunque solía ser ignorado mientras impartía su materia, sí que gozaba de la simpatía de los chicos del instituto.

Pero aquel día la clase de don Antón era apasionante. Hacía un calor de mil diablos, y los muchachos venían de una agotadora clase de gimnasia. Los chicos sudaban y resoplaban de sofoco, pero todos escuchaban atentos al profesor.

-…y entonces, al chocar contra la superficie de la Tierra, se produciría una onda expansiva equivalente a diez mil explosiones atómicas. Se levantaría una nube de polvo que cubriría la atmósfera durante meses en un invierno nuclear…

Se había aflojado la corbata, y se limpiaba el sudor con regularidad, sin parar de hablar, ilustrando su explicación con magníficos dibujos en la pizarra. Su voz resonaba tranquila en el silencio de la clase, un silencio anormal e inquietante: no se oía lo más mínimo afuera en la calle ni en las aulas contiguas.

-…la luz del sol no podría llegar a la superficie durante meses, quizá años. Toda la civilización tal y como la conocemos ya habría desaparecido fruto del impacto. Los pocos humanos supervivientes lucharían por subsistir en una noche eterna…

En ese momento, uno de los alumnos cogió la mano por debajo de la mesa a su chica, que se sentaba a su lado. Lo hizo sin mirarla, sin jugar con los dedos entrelazados. Ambos tenían la vista puesta en la aterradora y magnífica ilustración de don Antón. Con varios colores, había dibujado la Tierra siendo golpeada fatalmente por un meteorito. Por alguna razón, quizá el calor, quizá el silencio que imperaba tras la voz del profesor, ese dibujo que otros días habría sido ignorado, despertaba un sentimiento angustiante en toda la clase.

-Por supuesto, todo depende del tamaño del cuerpo que impacte. Un meteorito de dos o tres kilómetros de diámetro resultaría incluso más destructivo. Con un tamaño mayor ni siquiera los habitantes de las antípodas al impacto sobrevivirían…

Don Antón remarcó el contorno del meteorito con la tiza naranja con tanta fuerza que la partió, haciendo una raya diagonal que cruzaba todo el dibujo. Ahogó una exclamación de fastidio y borró la raya utilizando el borrador con mucho cuidado para no desgraciar los bellísimos efectos de la onda expansiva.

-Disculpen –siempre les hablaba de usted, trato que él mismo no recibía en ocasiones-. Voy a ver si lo arreglo… Lo que quiero es que les quede claro…

El silencio se impuso durante unos segundos en los que don Antón trabajó afanosamente en la pizarra. Nadie osó hablar. Nadie se atrevió a hacer un chiste o una broma en este pequeño paréntesis. La pareja de enamorados seguía cogida de la mano, sudando. El resto de alumnos permanecían quietos y expectantes en sus pupitres, inexplicablemente nerviosos.

-Parece que cada vez lo estropeo más. –Sonrió don Antón, concentrado en su tarea.

Y fue entonces cuando empezó a oírse. Primero un ligero murmullo, como el silbido lejano de un tren, quizá algo más impreciso. Las ventanas estaban abiertas para permitir el paso de aire fresco en aquella atmósfera asfixiante, y todo el mundo pudo percibirlo casi al mismo tiempo. Los muchachos se miraron alarmados, pero nadie dijo nada.

Fue don Antón el primero que abrió la boca. Lo hizo mientras miraba a la ventana, con satisfacción. Todos sus alumnos siguieron la mirada del profesor. Casi de inmediato sonaron ahogados numerosos gritos de terror y sorpresa. Una mota negruzca rompía con el azul celeste del firmamento, seguida de una larga cola incandescente. El silbido crecía.

-Vaya, parece que hemos tenido suerte –comentó-. Si no me equivoco, estamos ante un destructor total, con más de diez kilómetros de diámetro. Calculo que tendremos unos cinco minutos antes del impacto. Mientras tanto, aprovechemos este regalo tan oportuno de la Madre Naturaleza para continuar la clase. Nadie como Ella para ilustrar la ciencia.

-Dios mío… -gimió alguien.

El resto de la clase se limitó a mirar, con el gesto desencajado de pavor. El cuerpo que rasgaba el cielo crecía inexorablemente.

Don Antón continuó impartiendo la lección, tomando ahora la ventana desde la que se veía el meteorito como pizarra.

-Como podrán observar, en la entrada a la atmósfera…

Y todos se quedaron a terminar de escucharle.

20 de enero de 2009

El triunfo del racionalismo feroz

-¡Maldicción, maldicción y maldicción!

Se enfurece y se tira de los pelos el viejo científico racionalista. Se queja con su voz chillona, de niño pequeño con una rabieta. No le salen las cuentas. Bufa, se mesa sus rebeldes cabellos blancos y vuelve a sentarse, retomando sus cálculos.

-El arcoseno de la semisuma de… claro… y luego hay que aplicar el tensor de la desviación espacio-tiempo… Sí, hasta aquí todo bien... Y ahora se le resta la energía potencial que pierde el leptón cuando… ¡Oh, maldicción y maldicción!

Lanza con violencia el lápiz contra la mesa, que rebota describiendo una parábola. El lápiz se esconde en un rincón tras una de las estanterías, huyendo de la furia de su dueño.

El viejo científico racionalista coge el cuaderno donde ha estado haciendo sus cálculos y lo escruta con los ojos saliéndosele de las órbitas. Salta de operación a operación, de línea a línea, tratando de encontrar el fallo. Pero es en vano. Sabe, íntimamente sabe, lo sabe sin duda, que no se ha equivocado. Las cuentas están bien.

Se levanta de nuevo, tan de repente y con tanta rabia que su silla sale despedida hacia atrás. Abre la puerta de su casa y sale afuera. Es de noche, y el en cielo brillan millíones de estrellas desafiantes.

-¡Malditas bolas de fuego, estúpidas e insensatas! ¡No tenéis ni idea! ¡Ni idea! –Grita, levantando un dedo acusador.

-¡Malditas galaxias, malditas nebulosas, malditas moléculas y malditos átomos! ¡Acabo de calcularlo y no podéis existir! La inestabilidad del núcleo de las partículas fundamentales es una evidencia matemática. La materia es una ilusión, un engaño, una falacia…

Regresa a su despacho raudo y veloz, coge el cuaderno donde ha hecho sus cálculos y vuelve a salir, para levantarlo con ambas manos y mostrarlo al cielo.

-¡Mira, mira bien! ¡Tú, Universo idiota, enorme montón de nada! ¿Por qué sigues negándote a ver lo evidente? ¡El átomo es imposible! ¿Por qué sigues existiendo, maldito seas?

Queda un momento callado, con los brazos en alto mostrando su descubrimiento. Durante un instante nada pasa. Ni una ráfaga de viento, ni un grillo cricando, ni un perro ladrando en todo el vecindario. Lo único que finalmente rompe ese silencio es el gruñido de satisfacción del viejo científico racionalista al ver que, obedientes y cabizbajas, rindiéndose ante la evidencia, las estrellas comienzan a apagarse una por una.

19 de enero de 2009

Escalera Real

Y cuando murió Su Majestad, el heredero contaba tan sólo con quince años. Me pareció que era una edad muy temprana para sentarse en el trono, pero como siempre callé. Qué iba a decir yo sobre aquello.

Cierto día me llamó el joven rey y me pidió que diseñara su nuevo palacio, dándome a conocer de antemano la idea que ya tenía en la cabeza. Me indicó toda suerte de extravagancias para su hechura, y yo las acepté de buen grado con un sumiso movimiento de cabeza. Todas eran rarezas lógicas en un muchacho de su edad, más o menos comprensibles. Todas excepto una. Me mandó construir una larga escalera que llevase de la parte inferior de la colina donde se erigiría el palacio, a la cima, rodeando todo el edificio y sus majestuosos jardines. Esa escalera tendría una peculiaridad: cada escalón sería ligerísimamente más bajo que el anterior, de modo que el caminante no pudiera distinguir la diferencia, eso sí, inexorable.

-Pero Majestad –le dije cuando me dio a conocer las condiciones de tan peculiar escalera-. Su palacio tendrá cientos y cientos de hectáreas de jardines. La escalera que los rodee deberá contar con miles de peldaños. Aunque tan sólo se diferencien en el ancho de un pelo, la escalera acabará siendo plana, y rodeará el palacio sin subir a la cima de la colina.

Y el joven rey me miró con una perspicacia impropia de su edad. Fue una mirada tan inteligente y tan humilde que decidí no poner objeciones. Sin embargo, siempre albergué dudas sobre la madurez de nuestro rey, que tan niño había llegado al trono. Mientras el palacio se construía, yo no paraba de pensar en si nuestro monarca sabría gobernarnos con responsabilidad o si delegaría ésta en otros para disfrutar de la vida cortesana.

Pero todo eso cambió el día que le vi hacer uso de la escalera.

-Paseemos un rato por esta escalera que tan acertadamente has diseñado, amigo –me dijo.

Y nos pusimos a pasear por la escalera, mientras hablábamos de cosas varias, mostrándome él una honda cultura y un ingenio agudo como los dientes de un felino. Era todo un placer hablar con un muchacho joven lleno de vitalidad que parecía contener en él la sabiduría de un anciano centenario. Y caminamos y caminamos por la larga escalera, hasta que empezó a esconderse el sol, y aún no habíamos acabado de subir, ni nunca acabaríamos, pues a cada paso menos ascendíamos, y más nos quedábamos a la misma altura, dando vueltas y más vueltas.

-Te preguntarás por qué te mandé construir la escalera –me dijo, sentándose a observar el ocaso, cortando abruptamente la conversación que manteníamos.

Yo asentí.

-La mandé hacer para pasear con mis amigos –y puso sus ojos sobre mí con la mirada más vieja que jamás he visto-. Para hablar como he estado haciendo ahora contigo. ¿Sabes? Andar y hablar durante horas y horas… Cuando te invité a pasear por la escalera no imaginaste que nuestra conversación acabaría tras ponerse el sol, pues cada paso cunde menos que el anterior, dejándonos atrapados en este estúpido paseo que rodea una y otra vez el palacio. En cierto modo te he engañado un poco, ¿no? –rió como avergonzado-. Quizás tenías mejores cosas que hacer que pasar la tarde hablando con un crío como yo.

El joven rey bajó la mirada, con su pelo ondeándose por una súbita ráfaga de viento.

Y de repente se me ocurrió que estaba muy solo.

18 de enero de 2009

Ojos de pez

‘Ojos de pez’ se dirigió al nuevo. Era un tipo callado y grande, que parecía esconder un gran secreto tras su mirada dura y fría.

-¿Y tú por qué estás aquí? –Le pregunto, guiñando los ojos con su curioso tic.

El nuevo miró a los lados, como vigilando que nadie pudiese oírles. Le puso la boca en la oreja y susurró:

-Maté a una vieja y violé a una chica.

‘Ojos de pez’ se quedó mirando al suelo, sonriendo y parpadeando, mientras su cerebro asimilaba las palabras. Al cabo de dos segundos puso una mueca de asco.

-¡Joder, tío! ¡Eso es asqueroso! ¿Cómo pudiste-e-e…? Este… ¿Cómo pudiste violar a una vieja?.

El nuevo le indicó alarmado que bajase la voz, y de nuevo volvió a susurrarle.

-No, tío. No violé a la vieja. Maté a la vieja. A quién violé fue a la chica.

Y ‘Ojos de pez’ volvió a quedarse absorto, mientras su cerebro trataba de comprender.

-¡Ah, vale! –Dijo sonriendo como un idiota, enseñando todos los dietes de arriba-. Ya… ya entiendo. Así que violaste a una chica… y luego a la vieja…

-No joder. Trata de escucharme. A la vieja la maté. ¿De acuerdo?

-La mataste.

-Sí, a la vieja. Y a quién violé fue a la chica.

-Ya –dijo seriamente Ojos de pez, como tratando de desentrañar una complicada ecuación-. Vamos… vamos a repasarlo. ¿Qué hiciste tras matar a la chica?

Y el nuevo puso cara de espantado.

-¿Matar a la chica? ¡No, maldición! –Gritó, atrayendo todas las miradas del patio del manicomio-. ¡A quién maté fue a la vieja! ¡A la chica sólo la violé!

-¡Ah! –Exclamó Ojos de pez, riendo de alivio-. ¡Ah, bueno! Ya, ya… ya entiendo. ¡Qué susto, por un momento pensé que…! Vale. Perdona. Por un momento te tomé por un descerebrado… o algo así…

Y el nuevo se fue al otro extremo del patio, mascullando por lo bajo.

16 de enero de 2009

Menos da una mierda

Mal asunto.

Bob mira su reloj y suspira desesperanzado. Hundido en el sillón observa el magnífico espectáculo que ante él se extiende. La fiesta está en todo su apogeo. La casa del anfitrión es grande y lujosa, tal y como corresponde a la ocasión. Hay por lo menos cincuenta invitados, la gran mayoría muchachos del instituto. Muchachos y muchachas, obviamente. La música a toda voz, el alcohol abundante y variado, confeti por el suelo y vasos de plástico yendo de un lado a otro. Algún porro habrá, piensa Bob. Por supuesto que lo habrá, como en toda fiesta que se precie. Y muchas parejas besándose. Y alguna follando en una habitación del piso de arriba. Es lo lógico.

Mal asunto, se dice cambiando de posición con cuidado para no derramar su vaso de martini. Juguetea con algo dentro de su bolsillo. Mal, mal asunto.

La mirada de Bob pasa de lo general a lo concreto. Mira a cada una de las muchachas que hay en la fiesta. Algunas ríen. Otras simplemente hablan en pequeños grupos. Más de una tontea con alguno del equipo de fútbol. Todas son auténticas preciosidades, por supuesto. O la gran mayoría. O eso es lo que a Bob le parece.

“Quién las pillara, ¿verdad, amigo? –se dice Bob-. Quién las pillara.”

Bob no es el típico imbécil depresivo incapaz de conseguir una chica. Es depresivo, es incapaz de conseguir una chica, pero no es imbécil en absoluto. Se lleva bien con la mayoría de la gente del instituto. A fin de cuentas, ¿no has sido invitado a la fiesta? Pues claro. Mucha gente le saluda cuando pasa al lado del sillón en el que se ha instalado. Bob no es ningún bicho raro: no lleva gafas de culo de vaso, no se viste de modo estrafalario ni es un odioso cerebrito con pajarita. La gente no le da de lado ni se ríe de él. Bob es más que consciente de todo eso porque Bob, como ya hemos dicho, no es ningún imbécil.

“No como ese magnífico ejemplar –piensa para sus adentros, sonriendo tristemente-. Ahí viene Peter Black. ¿Cómo coño le han dejado entrar? Deberían tener una foto suya en cada fiesta en la que se le prohibiese la entrada. Pero ni siquiera hace falta. Basta con verle la cara para saber que es un tontopollas. Yo ligaré poco, pero ése el único coño que habrá visto antes de morir será el de su madre. Y eso si no lo sacaron de cesárea…”

Decide dejar de malgastar su atención en Peter y la dedica de nuevo a estudiar a las muchachas que nunca podrá alcanzar. Sus pupilas se mueven curiosas de pecho en pecho, de rostro en rostro, de cadera en cadera. A veces no sabe por qué se maltrata de ese modo, castigándose la vista con tanta belleza imposible. Se pregunta si no sería mejor resignarse y dejar de soñar con esos cuerpos elásticos y curvilíneos. A fin de cuentas, ¿por qué enseñar una carta de restaurante en Mauritania?

Y entonces su vista sufre un contraste doloroso. Pasa de observar las nalgas de una muchacha preciosa a ver la cara de Anna Thompson. Anna es una muchacha horrible, más fea que el culo de un mandril y aún más ridícula. Está con unas amigas, mucha más guapas éstas que aquélla. Todas ríen despreocupadas y hablan de cualquier cosa, con su vaso de ponche en la mano. Anna también participa en la conversación, también ríe, pero se le nota algo diferente en su actitud: una tristeza contenida, un gesto tenso en sus labios. Quizá sea consecuencia de saber que jamás nadie la sacará a bailar. Si Bob fuera un imbécil depresivo normal sentiría empatía hacia Anna. Pero tiene aún demasiada dignidad interior, y en lugar de sentirse identificado con ella, decide reírse a su costa para sus adentros. ¿Por qué llorar pudiendo reír?

-Qué, Bob. ¿Aún no has conseguido nada?

Bob levanta la mirada hacia su interlocutor como respuesta, pero no mueve ni un músculo. El que le habla es John, su mejor amigo. Acaba de venir de enrollarse con Mary Gordon, una de las animadoras de cuerpo escultural y cara adorable. John es un tipo con suerte: por alguna extraña razón tiene a todas las chicas comiendo de su mano. Pero también es un buen colega y ha decidido dejar por unos minutos a Mary para hacerle compañía. Bob lo agradece.

-Aún nada, campeón –responde Bob, obligándose a sonreír- ¿A ti como te ha ido? Bien, supongo.

John se encoge de hombros en un gesto humilde y se sienta al lado de su amigo.

-No te deprimas, Bob. Seguro que hoy pillas algo. ¿No te he visto antes hablando con Hellen?

Bob ríe, pero es una risa amargada, como la de las hienas.

-Sí que he hablado con ella. Pero ambos sabemos que podré morirme mil veces antes de tocarle un pelo de la cabeza. Esa tía está en otra división. Juega la Super Bowl mientras yo juego al yo-yo. Vamos, John. Sabes de sobra que no soy ningún iluso…

-Pero no te deprimas, hombre… Se te ve muy chafado, joder.

La mirada de Bob se le clava en los ojos. De repente John se da cuenta de que su amigo tiene los ojos vidriosos, secos pero opacos. Es la primera vez que lo ve en ese estado.

-Tengo dieciséis años. ¿Sabes? Y aún no he besado a nadie. –Se produce un incómodo silencio entre ambos y John tiene que apartar la mirada-. ¡Miento, miento! Una vez besé a una muchacha en el campamento de verano. Pero fue un juego de críos, y no recuerdo que a la tía en cuestión le hiciese mucha gracia. ¿Qué te parece, John? Eso es lo que me llevo de mi adolescencia. Tú no puedes entenderlo, joder. Tú no sabes lo que es tener vacío todo este saco de años. Y este saco ya no se rellena.

John calla y otorga. Qué buen tío es. En lugar de mandarlo a la mierda, le escucha atento. Bien podría decirle que se fuese a llorar a su puta casa, que esto es una fiesta. Pero en lugar de eso, le deja desahogarse.

-Lo siento por ti, Bob. De verdad. Pero, ¿qué quieres que te diga?

-Bah. Nada. Olvídalo. Es mi problema. Tan sólo es que tenía bastantes esperanzas en esta fiesta, y en cambio…

De nuevo juguetea nervioso con algún objeto de su bolsillo. De nuevo centra su vista en Anna. Ahora ella está sentada y sola, en la otra punta del salón. A Bob se le pasa una idea por la cabeza. Tuerce el gesto medio asqueado. Mira por última vez su reloj y se levanta.

-¿A dónde vas? –Pregunta John extrañado.

-No tardaré mucho. Voy a echar un polvo.

No le da opción de réplica a su amigo y se dirige hacia Anna con el martini en la mano. Por alguna razón se siente de repente poderoso y seguro de sí mismo. El mundo no, porque es demasiado grande, pero el suelo sí que está bajo sus pies. Eso sí.

-Hola, Anna. ¿Podemos hablar en un lugar más tranquilo?

Lo dice con calma, con eficacia, con normalidad. Ante un tribunal diría que su desparpajo es producto del alcohol, pero él sabe que no. Su completa falta de vergüenza o escrúpulos es tan sólo fruto de la desesperación y de una mente un poco más retorcida de lo normal.

Anna tarda en creerse que se han dirigido a ella. ¡Qué fea que es la pobre, joder!

-Claro, claro –balbucea al fin.

Bob la conduce a una habitación tras comprobar que está vacía. En cuanto cierra la puerta el sonido de la fiesta se acolcha de modo reconfortante. Anna está como en una nube, muy sorprendida.

-¿Qué? ¿Qué quieres decirme? –Pregunta visiblemente inquieta.

Bob se bebe su vaso de un trago y mete la mano izquierda en su bolsillo. Saca un preservativo y lo tira al suelo. Antes de que Anna tenga oportunidad de reaccionar, empieza ha hablar con un torrente de palabras.

-Tú y yo tenemos algo en común, ¿sabes? Ninguno de los dos vamos a encontrar pareja en esta fiesta. De hecho, si seguimos así, los dos vamos a morir vírgenes, y la idea no me agrada lo más mínimo. Yo no te gusto, ya lo sé, pero te puedo asegurar que tú me gustas aún menos. –Anna sigue parada y mirándole con los ojos como platos. Bob habla tan rápido y con tanto aplomo que ella no tiene tiempo de digerir lo que dice-. Sin embargo, tenemos que hacer algo, nena. Piénsalo. Yo también tengo escrúpulos, no te creas que no. Pero los he mandado a la mierda, qué quieres que te diga. Y si tú eres lista, harás lo mismo, porque no va ha venir un príncipe azul con melena al viento a desvirgarte con su polla de oro. ¿Sabes? Tampoco creo que encuentres a nadie que se rebaje tanto como yo. Así que esto puede que sea tu única oportunidad.

Anna se queda tan sólo un instante más mirándole. Tiene los ojos húmedos de indignación. Se da la vuelta y coge el picaporte decidida a marcharse. Bob la detiene y le obliga a volverse.

-Te estoy proponiendo un polvo. ¡Vamos! ¿De verdad esperas conseguir algo mejor en toda tu puta vida? ¡Se realista, joder! Deja tu amor propio un momento de lado y piensa con la cabeza. ¿Cuándo volverás a tener esta oportunidad?

Anna, tras llorar un rato y tras decirle como media docena de veces a Bob que es un cabrón cruel y manipulador, finalmente accede. Cinco minutos después ambos están sobre la cama con la luz apagada por expreso deseo de él. Ella encima, sentada, y él debajo, completamente desnudos los dos. Bob decide imaginarse que está con Mary Gordon y Anna se imagina que está con John. En mitad del acto, Bob ve en la penumbra que Anna baja la cabeza con la firme intención de besarle. La detiene con un ademán y le advierte:

-He dicho un polvo. Como se te ocurra besarme o abrazarme te parto la cara.

15 de enero de 2009

El lógico final

-¿Quién entra primero?

La frase reverbera en el amplio techo del almacén, reverbera como otras tantas lo han hecho antes, y como pocas volverán a hacerlo jamás.

Juan piensa en ese detalle y no puede evitar un escalofrío.

-¿Cómo que quién entra primero? ¿Tanta prisa tienes? Vamos a fumarnos antes un cigarro, maldita sea. –Paul habla con un timbre inédito en él. Intenta simular tranquilidad, pero la voz le traiciona. Le sale extraña, forzada, con el mismo sonido impuro que informa al joyero experto de que una supuesta pieza de oro es falsa.

Ambos se sientan en el suelo, apoyando la espalda en una de las cabinas. El almacén está lleno de ellas, centenares de hileras interminables; miles de campanas metálicas, todas iguales; perdiéndose en la penumbra. La luz, mortecina e insuficiente, nace de unos tubos fluorescentes colocados en el altísimo techo del almacén, tan espaciados que permiten que la oscuridad se abra paso entre ellos. Incluso los cigarros que ambos encienden alumbran un poco, descubriendo unas mejillas sin afeitar y unos ojos mitad cansados mitad asustados.

Juan y Paul fuman en silencio durante un par de minutos sin dirigirse la palabra, lentamente.

-Dios mío, cómo hemos podido llegar a esto…

De nuevo Juan se estremece ante el eco de su propia voz, esta vez con la mirada perdida en el humo y la oscuridad.

-Se veía venir. Es lo lógico, no tiene sentido quejarse. Así habíamos de acabar.

Su voz vacila. Toda la coraza emocional que Paul tenía preparada amenaza con desmoronarse. Respira hondo y se frota la nariz mientras intenta mantener el tipo. Durante un instante Juan le odia por eso.

“Vamos. Muéstrate vulnerable. Llora un poco, joder. Demuéstrame que estás tan asustado como yo” Se dice furioso. Pero de inmediato la ira se desvanece. Quiere demasiado a su amigo como para enfadarse con él. El odio, la rabia… ninguno de esos sentimientos tienen sentido a estas alturas.

-Sé que debería sentirme dichoso… pero no es así, maldita sea. -Juan sigue mirando al infinito, a la negrura que extiende entre las hileras de cabinas, mientras apaga el cigarro con violencia-. No es así en absoluto. Me siento como un mueble. ¿Entiendes? Como una lámpara cara, o como un cuadro en un museo… o yo qué sé.

Paul mira a su amigo mientras acaba el cigarro. Le comprende perfectamente.

-Esto repugna al instinto. Repugna al animal que llevamos dentro. Pero es la única opción que acepta la razón.

-Lo sé.

-Alégrate. Piensa que has tenido suerte en nacer en esta época. Todos los hombres que han vivido a lo largo de la historia y han muerto han perdido esta oportunidad. Párate a pensarlo… ¡Todos! Julio César, Newton, Napoleón, Kennedy… Todos muertos. A la mierda con ellos.

Paul es incapaz de ver en el rostro de Juan la reacción a sus palabras. Impera la penumbra. Sin embargo, decide seguir hablando.

-Esta generación será la única que acabará humanamente. Y tú y yo seremos los últimos de ella. –Ríe entre dientes-. Qué honor, ¿no crees? La última generación de la humanidad. Los últimos hombres. Juan y Paul. De haberlos, saldríamos en los libros de Historia.

-Pero no los habrá.

-No, claro.

Permanecen de nuevo callados un rato. Ambos tienen mucho en que pensar, muchos recuerdos que paladear, muchos pecados que expiar. Ambos tienen aún muchas páginas que pasar, aunque saben que todos sus libros están ya quemados.

-Hubiese preferido vivir normalmente. Es decir, como han vivido todos. Envejecer, enfermar y morir. Y ver a mis hijos crecer.

-Eso es lo que dice tu animal…

-¡Pues claro, joder! –Juan eleva la voz y obliga a Paul a bajar la mirada-. ¡Claro que lo dice mi animal! ¡Soy un animal, Paul! ¡Todos lo somos!

Silencio, negrura, humo… y la presencia inquietante de las cabinas. Ciertamente no parece un final feliz. Quizá no lo sea.

-Perdóname, Pual. No quise gritarte.

-No tiene importancia.

-Ya. Pero no quiero irme con ninguna mancha. Perdóname.

-Sabes que no importa.

De nuevo el silencio. De nuevo miradas perdidas. El suministro de electricidad y fluidos de las cabinas hace un ruido constante, vibrante, tan sólo perceptible en una quietud tan perfecta como ésta.

-Si no lo hubiese hecho todo el mundo, yo no lo haría, Paul. Si María y mis niños no hubiesen aceptado… Por mí, todo seguiría igual. Me dirás que soy un retrógrado, y no me importa. Ya nada me importa una mierda.

-Ellos son felices.

-Claro que lo son.

-Y nosotros también lo seremos.

-Claro que lo seremos.

-No tiene sentido, pues, lamentarse.

-No tiene sentido… -Juan mira una cabina cercana con infinita tristeza y algo de temor. Está vacía, el piloto verde así lo asegura. En ese instante la elige. Ésa será la suya. Ése será su nicho-. No tiene sentido. Pero me lamento.

Suspira profundamente. Hace muchos años que sus emociones no se le aferran a la garganta como lo hacen ahora. Siente una gran bola que le impide hablar con normalidad. Cuando está a punto de dejar escapar todo lo que lleva dentro, rompiéndose como un cántaro lleno de agua, decide aguantar. “No estaría bonito llorar ahora, tan cerca del final. Contente un poco…”

-Nuestro problema es que somos modelos anticuados… -Se apresura a decir Paul, anticipándose a otro silencio-. Nuestra mente no acepta que seamos meros organismos reproductores. La evolución nos ha puesto la meta falsa de la felicidad para conseguir la meta verdadera de la conservación de la especie. La Naturaleza nos ha estado guiando como a un burro con una zanahoria colgando ante sus narices. Lo que vamos a hacer ahora, simplemente, es coger la zanahoria y dejar de trotar. Ya trotaron mis abuelos por mí.

Juan se restriega los ojos humedecidos y rompe a reír. Al principio Paul lo confunde con un ataque de llanto. Se tranquiliza sólo a medias cuando identifica las carcajadas.

-Tú deberías haber sido poeta, Paul. Esa imagen es buena… pero burro lo será tu padre.

Comienzan a reír los dos de buena gana, olvidándose durante unos momentos dónde están y para qué. Por desgracia, en aquel lugar amplio y vacío, el eco de las risas al apagarse resulta inquietante. Quién sabe si serán las últimas.

Paul evita de nuevo el molesto silencio. Intuye que si lo deja crecer será imposible detenerlo.

-Todo viene por un error de concepto.

El mutismo de Juan le invita a continuar.

-En la prehistoria funcionaba lo del señuelo. ¿Entiendes? La comida, el sexo y la familia proporcionaban felicidad, de modo que la evolución seguía, y nadie aspiraba a nada más. Sin embargo, en el último siglo las cosas cambiaron más rápido de lo que nosotros fuimos capaces de asimilar. No más enfermedades. No más muertes. No más necesidades. Si siguiésemos el sendero de la evolución, deberíamos haber aprovechado la tecnología para producir niños de manera industrial… ¿No es cierto?

Juan enarca una ceja, con ironía.

-¿Lo ves? Ahí está la prueba. La idea te parece absurda, pero ¡nuestro fin último es reproducirnos! No estamos diseñados para otra cosa. Sin embargo lo de fabricar niños en serie parece aberrante. En los últimos siglos nos olvidamos cada vez más de trotar y nos centramos en la zanahoria. Nos centramos en ser felices. A fin de cuentas, es lo que un burro listo haría.

Tarda en responder. Siente el peso de lo trascendental a sus espaldas. Esta charla será la última –se dice-. Este cigarro ha sido el último. Viviré eternamente con estos calzoncillos.

-No quiero la zanahoria –dice al fin-. No me la quiero comer, al menos. Prefiero seguir trotando mientras la anhelo.

-Trotar es inútil. Aún crees que trotando conseguirás ser feliz. Pero la única forma de conseguirlo es entrando en la cabina.

Juan niega con la cabeza. Se irrita al pensar en que parece un adolescente dolido, pero es tal y como se siente.

-Yo podría haber sido feliz si nadie se hubiera sumado a esta locura. Podría haber sido feliz con María y mis hijos. Podría…

Deja de hablar poco a poco. Se queda sin argumentos. Como Paul ha dicho, todo lo que le impide entrar en la cabina de una vez por todas pertenece al ámbito de lo irracional. Cualquier discusión lógica acerca de ello está de más.

-Sé que tienes razón –empieza a decir Juan lentamente-. Sé que tienes razón. ¿Y sabes una cosa? Eso es lo que más me duele: pensar que este es el lógico final.

-Consuélate. Dentro poco te dará lo mismo. Es la gracia del asunto.

-O la desgracia…

-Qué más da.

El silencio acaba por imponerse. Paul lo sabe, han superado el punto de no retorno. Ya no quedan palabras que decirse, ni bromas de las que reírse. Y si quedan, nunca serán dichas. Cada cual está ya decidido y no piensa sino en lo que será el resto de su vida.

Consciente de que el momento ha llegado, con una calma que se le antoja irreal, Paul se levanta. Juan ni se inmuta, a pesar de que sabe perfectamente que ese gesto de incorporarse significa cruzar la última barrera.

-Ha sido un placer haberte conocido, amigo –Paul le extiende la mano-. Creo que ya ha llegado mi hora.

Juan se levanta finalmente para darle un apretón. Acto seguido, se dan un abrazo, golpeándose amistosamente la espalda un par de veces, firmado la despedida.

-Lo mismo te digo. Nos hemos reído juntos, ¿verdad?

-Ya lo creo.

Ambos se cruzan una mirada temblorosa, sonriendo.

-Bueno, dejémonos de sentimentalismos. Es mejor no alargar esto.

-Sí…

-Adiós, Juan –y se da la vuelta, alejándose por uno de los pasillos formado por las cabinas.

-Adiós.

-No tardes mucho después de mí. ¿De acuerdo? –dice, dándose la vuelta.

-No lo haré.

Paul gira finalmente y se pierde en la penumbra, despidiéndose haciendo un gesto con la mano. Juan agradece que haya tenido el detalle de terminar lejos de él. Es mejor recordarle así, siendo comido por las sombras, caminando con la cabeza erguida. Sus pasos tardan un poco más que su figura en desvanecerse. Desde la oscuridad le llega a Juan el sonido de una compuerta al abrirse, quizás un suspiro lejano, y de nuevo otro sonido hidráulico. El definitivo.

“Se ha ido –piensa, y de inmediato añade con un escalofrío-. Estás tú solo. Tú solo en este mundo de locos.”

Sin saber cómo ni por qué, se le ocurre la absurda idea de que por primera vez en la historia, un solo hombre es capaz de determinar el pensamiento y el sentir de la humanidad entera. Se le ocurre que de repente nada es relativo, ya no quedan puntos de vista, no hay más discrepancia que la que pueda él guardar consigo mismo. Toda realidad emana de él, toda verdad es la verdad que él decida.

“Maldita sea. Por primera vez en la historia una encuesta mundial tendría un cien por cien de fiabilidad…”

Su propia carcajada le sorprende por inoportuna y feroz. Bueno… ¿qué más da? No hay nadie para reprenderle, ni para burlarse de él. Tampoco nadie para unirse a sus risas, sino el eco cadavérico del gigantesco almacén. Ese pensamiento acaba por decidirle. Se encamina con paso firme hacia la cabina que antes ha escogido, abre la compuerta, se introduce en el habitáculo, y la propia computadora le deja encerrado para siempre.

Se hace la oscuridad.

Juan apenas nota que tiene la boca seca, que el corazón late desbocado en su pecho, que tiembla hasta hacer castañear sus dientes.

-Dios mío, si estás ahí, perdóname…

Esas son sus últimas palabras. Él lo sabe, y el miedo de lo inevitable, de lo que no tiene marcha atrás, se apodera de él. Su animal interior da un último coletazo, desesperado, y le obliga a intentar incorporarse, aunque sabe que la computadora no le dejará salir. Unos grilletes acolchados pero firmes se le enroscan en las muñecas y pies, impidiéndole cualquier movimiento. Juan, su animal, grita, pero no es capaz de oír su propia voz. De los grilletes emergen dos agujas minúsculas que se le clavan en los antebrazos sin producir apenas dolor.

No, no, no, no, no. Quiero escapar. Quiero trotar. Señor, perdóname. No quiero la zanahoria. Trotaré. Trotaré. Trotaré aunque tenga que ser a solas en la oscuridad…”

Poco a poco todo su cuerpo queda laxo y sin vida. Sus músculos no le responden. Tan sólo la voz de su animal conserva todas sus fuerzas, gritando dentro de su cabeza. Pero ya no es capaz de producir sonido alguno. Nuevos artilugios nacen de ninguna parte y van a parar a su cuerpo: brazos articulados, tubos, agujas con fluidos. Es incapaz de verlos o de sentirlos, pero los oye. Los oye con repugnancia cómo le alimentan, cómo le controlan, cómo regulan su cuerpo, cómo le cuidan. Vomitaría si sus músculos aún obedecieran.

Un nuevo grillete se le aferra a la frente, asiéndola con firmeza. La última aguja que se hundirá en su cuerpo, emerge del respaldo, a la altura de la nuca. Es tan fina y avanza con tal suavidad que penetra en el cráneo sin producir sonido alguno. Juan no lo sabe, pero algo acaba de llegar hasta lo más profundo de su animal. Es el cordón umbilical de la felicidad, el brazo robótico nacido del matrimonio entre la nanotecnología y la neurología, la torre de Babel del hombre moderno. El mayor de los retos que el hombre ha hecho a Dios y que jamás hará.

Juan trata de abrir la boca y no puede. Intenta respirar y fracasa. Llora por dentro sin derramar una sola lágrima. ¿Así ha sido el final de sus hijos? ¿Así acabó María? Prefiere no pensarlo. ¿Habrá fallado algo? La sola idea se le hace insoportable, llevándole a rastras hacia el precipicio de la locura. ¿Y si ninguna de las máquinas hubiese funcionado jamás? ¿Y si todo fuese un engaño fatal que la humanidad se ha hecho a sí misma? ¿Podrá resistir toda una eternidad de oscuridad y miedo hasta que algún cataclismo acabe con el suministro de energía fotoeléctrica que alimenta a la máquina? ¿Podrá aguantar siglos y siglos hasta que el Sol se expanda en un último aliento y el calor ponga punto y final a cualquier forma de vida?

Es lo justo -se dice-. Hemos aspirado demasiado alto y estamos todos recibiendo el justo castigo. No se puede escupir a la cara de Dios, o a las leyes de la naturaleza, o a lo que quiera que sea que rige todo lo que hay en el Universo. ¡Oh, Dios mío, somos simples animales, burros imbéciles con el cuello roto y la zanahoria en la boca!

Cuando toda la capa de racionalidad desaparece, cuando los últimos diez millones de años de evolución se deshacen por el miedo, el sentimiento adquiere una silueta informe y difuminada, abarcándolo todo, llegado a convertirse en la única realidad.

Quiero trotar. Quiero trotar. Seré un burro bueno. Por favor…”

Ya es incapaz de oír nada: la máquina le ha despojado de todos sus sentidos corporales. No le quedan nexos de unión con la realidad, tan sólo su propia voz y sus propios sentimientos como únicos ejes de coordenadas en los que moverse. Toda la lógica empieza a derrumbarse como un gigantesco castillo de naipes.

¿De verdad quiere trotar? ¿Aún quiere trotar? Ya no está seguro. Se tranquiliza, y en una fracción de tiempo absurdamente pequeña como para cambiar de opinión, se ríe por todo el miedo que ha pasado. Qué estúpido he sido, piensa. La máquina funciona, y funciona perfectamente. Ahora comprende. Su realidad corporal ha quedado anulada sencillamente porque es innecesaria, prescindible, como los dientes de leche una vez caídos, o como la crisálida de una mariposa. No, eso tampoco es necesario: las metáforas pierden su sentido aludiendo a un mundo ya lejano e irreal. ¿Qué falta hacen las metáforas para avanzar hacia el Fin? Otra capa de las que cubren el misterio desaparece. Hay un Fin, un Fin verdadero, una zanahoria como antes dijo Paul, un punto al que todas las líneas paralelas tienden. Un estado interior siempre anhelado, algunas veces apenas imaginado; pero nunca visto ni mucho menos alcanzado. Ahora lo ve, a lo lejos, en la penumbra. Y se siente lleno de gozo al saber que podrá sumergirse en él hasta que el sol se apague. ¡Qué estúpido, qué estúpido ha sido al pensar que podría alcanzarlo viviendo como todos los demás hombres han vivido a lo largo de su absurda historia, como gusanos ineptos!

Avanza hacia el Fin con una velocidad prodigiosa, inimaginable. En su vida consciente y ordinaria, dar un simple paso hacia el Fin había costado un esfuerzo ingrato y desproporcionado para apenas acercarse un poco a algo que (ahora lo sabe) siempre estuvo a millones de kilómetros, dentro de su cabeza. Ahora no tiene que hacer esfuerzo alguno. La máquina lo empuja. Casi puede sentirlo. Casi puede tocarlo.

¡María, pequeña Ana, Juan, hijo mío, papá, mamá; espero que estéis sintiendo esto! –se dice, pero acto seguido olvida por qué lo dice. Cada risa, cada beso a su mujer, cada caricia a sus hijos… cada satisfacción en la vida que se le antojó en su momento como suficiente razón para vivirla, ahora la ve como un minúsculo paso hacia su objetivo. ¿Amor, amistad, cariño? Simples medios ineficaces y ridículos hacia el Fin. Taburetes en los que se subía con ingenuidad intentando tocar el cielo…

Pensaría ahora muchas cosas más. Las respuestas a todas las preguntas trascendentales que han atormentado a tantos filósofos y pensadores, se le aparecen claras y distintas, perfectamente definidas. Pensaría en lo maravilloso de lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande. En lo que muere y vuelve a nacer. En el deseo, en la búsqueda, en la necesidad…

Pensaría en todo eso, pero no lo hace.

Sencillamente, porque ya no hace falta.

13 de enero de 2009

Y Dios degeneró en hombre

Volver a la infancia. Siempre he renegado de tales chorradas, pero porque las veía con el prisma equivocado. Volver a la infancia, pero no a la infancia de piruletas y cariños de madre, no a la infancia de millones de colores y nanas. No a la infancia de juegos en corro y corazones cándidos. Para volver realmente hay que ver las cosas con la objetividad del animal interno, ése que no tiene prejuicios morales. Ése que es el mejor de los científicos porque simplemente se pregunta y experimenta.

El superhombre de Nietzsche es en realidad un niño eterno. Pero los niños no son angelitos inmaculados, no son buenos salvajes todavía no manchados por las perversiones adultas. Todo lo contrario. Los niños son crueles, inocentemente crueles. Son egoístas del modo más bello. Son sádicos y despreocupados. Se saben los reyes del mundo, no ya por derecho propio, sino como verdad absoluta. Se saben únicos. Dije en cierta ocasión que quería ser un Dios. Dije en otra ocasión que Dios es un niño asustado que crea sin querer. En realidad, ahora me doy cuenta, quería decir exactamente la misma cosa. A un adulto estúpido puede parecerle que un Dios infantil, ignorante y cruel, es una cosa horrenda. Yo lo veo como algo bello e innegable. Un Dios adulto y razonable carece por completo de sentido, porque el Universo carece completamente de sentido. De sentido adulto, se entiende. Basta con que uno agudice un poco el ojo, con que uno se libre del lastre de la sociedad y sus normas impuestas (no me refiero a las normas de comportamiento, sino a las normas sobre cómo uno ha de sentir y pensar), basta, digo, con que uno enfoque del modo correcto para darse cuenta de que el Universo es el patio de recreo de un niño genial y despiadado.

Durante años tuve la sensación de que en mi infancia había dejado recovecos sin explorar, recovecos que quedarían ocultos en mi alma para siempre. O quizá no para siempre. Olores que aguardarían en el mundo adulto para hacerme recordar aquellos años eternos en los que aún tenía presente la matriz. Imágenes e ideas subyacentes, como animales que se ocultan en la arena del desierto, aguardando para morderme el culo y hacerme despertar siquiera unos instantes. Me he ido durmiendo a lo largo de los años. Supongo que la mayoría de la gente se va durmiendo igual, y se va olvidando de cuando fue un dios. Para quienes todavía no me comprendan, para aquellos que digan que su infancia fue anodina y corriente, les mando un espeso salivazo en la cara desde aquí. Imbéciles. ¡Despertad! No es el entorno lo que marca el poder infinito del niño, sino el niño mismo. No son los juegos infantiles y las risas despreocupadas el núcleo sobre lo que hablo. La vida es como un pasillo con un codo a noventa grados. Te haces la primera paja y cruzas el quiebro, dejando tras de ti una esquina todavía iluminada por el sol primigenio, a la que no puedes volver para echar un vistazo de nuevo. Pero el resplandor te persigue a lo largo del pasillo que te queda, recto e infinito. ¿Un solo quiebro? Ahora estoy seguro de que sí.

Pero de nada sirven las analogías espaciales y euclidianas. ¿Cómo explicar a un ser tridimensional el sentido en la cuarta dimensión, aquélla que es perfectamente ortogonal a las otras tres que conoce sin estar contenida en ellas? ¿Cómo explicar que no hay que mirar hacia atrás sino hacia adentro? ¿Cómo explicar que no hay que objetivizar, desdramatizar, analizar, sino que todo eso viene como una consecuencia ulterior al hecho de volver a ser un dios?

Mi escritura se vuelve oscura por momentos. Pierdo de vista el resplandor del que hablo, el olor y la sensación que me han mordido el culo, y de nuevo vuelvo a ser un adulto estúpido, blandiendo verbos e ideas vacías en la oscuridad, contra un enemigo que no existe.

Me estoy leyendo el Trópico de Capricornio de Henry Miller. Supongo que eso se nota.

12 de enero de 2009

El relojero

El viejo relojero era famoso en el mundo entero. Sus relojes eran los de mayor precisión y calidad de toda la comarca, y aún del país. El relojero en cuestión no tenía otra pasión en el mundo. Pasaba los días encerrado en su taller, fabricando aquellas máquinas con cuidado y esmero. No se permitía el menor fallo. Antes de vender sus aparatos éstos debían permanecer un año en el almacén para comprobar si cumplido ese plazo las manecillas se habían atrasado o adelantado siquiera un segundo. En tal caso, el reloj jamás saldría a la venta, sino que sería desarmado y despiezado, tal era su costumbre.

¡Qué placer le producía al viejo relojero mirar cómo los engranajes cumplían su cometido con total perfección, con una sincronía casi mágica! Podía pasar horas y horas contemplando el trabajo magistralmente periódico de sus mejores creaciones. Éstas, las elegidas, tampoco serían vendidas. Eran demasiado raras, demasiado perfectas, demasiado preciadas como para dejarlas en manos del populacho. ¡Ah, los hombres! El relojero odiaba a todos lo de su especie. Llantos, risas, alegrías, miedos, tristezas, sacrificios… ¡qué fuente más horrenda de aberraciones, qué mar de imperfecciones! Incluso solía enojarse consigo mismo cuando sus manos eran incapaces de colocar una rueda dentada de tamaño ridículo en su minúsculo eje, o cuando la vista le jugaba malas pasadas y estropeaba en un segundo el trabajo de una semana. “¡Viejo carcamal -se decía-, animal torpe, maldita masa temblorosa de huesos y arrugas!”

Ocurrió cierto día que, haciendo uno de sus proyectos más ambiciosos (un reloj enorme, tan grande como un armario, capaz señalar desde los segundos hasta el día del mes e incluso el periodo de la lunar), sus manos cada vez más cansadas por la edad, fallaron de nuevo. En esta ocasión estaba apretando, no sin esfuerzo, una tuerca que sujetaba la rueda principal, del tamaño de un plato sopero, cuando la llave se le resbaló y por el impulso dio un fortísimo golpe el mecanismo que accionaba en reloj. El viejo empezó a porfiar de rabia, sabiendo que aquello había dado al traste con toda la armonía del conjunto. Y sucedió que el reloj empezó a soltar cuerda, poniendo en movimiento todas las piezas: centenares de engranajes que aún no habían sido del todo ajustados. ¡Qué caos aquél! Las ruedas dentadas empezaron a desplazarse accionando otras piezas distintas a las que les correspondían; saltaron tornillos, se deformaron ejes…

El viejo palideció con horror al ver cómo el trabajo más importante de su vida se consumía en sí mismo. Decenas de correas y cadenas de transmisión volvíanse locas ante las fuerzas contradictorias a las que eran sometidas, chirriando y resbalando sobre las poleas. Observó impotente cómo dos ruedas dentadas que se movían en sentido opuesto se engranaban entre sí, quedándose durante un segundo inmóviles en un irracional enfrentamiento. Finalmente la mayor venció a la menor, y a duras penas empezó a imponer su sentido, como un padre convenciendo a un hijo testarudo. Todo el conjunto, puesto sobre el suelo, se autodestruía siguiendo reglas caóticas, arbitrarias, despidiendo tuercas y tornillos como vapores sobre un río de lava. ¡Por allí iba la aguja del segundero! ¡Y por allí la de las horas, que acabó clavada como un machete sobre el quicio de la puerta! El minutero se movía de un lado a otro, ahora a izquierdas, ahora a derechas, sin seguir un patrón definido. El calendario, desquiciado, ponía el veintiocho de diciembre tras el tres de agosto sin ningún pudor, sin respeto alguno. Las caras femeninas y sonrientes de las lunas, pintadas a pincel pocos días atrás, se turnaban enloquecidas su segundo de gloria. Ahora menguante, ahora nueva, ahora menguante de nuevo, luna llena durante dos turnos, etc…

El relojero, sentado en el suelo, veía todo aquello sintiéndose morir por dentro. Todo por lo que había trabajado había quedado contaminado de imperfección y caos. El dios Cronos había perdido el juicio, y se paseaba desnudo por el Olimpo con un gorro de papel en la cabeza diciéndose Napoleón Bonaparte. La blandeza humana había vencido sobre el orden.

-¡Para de una vez, maldito engendro! –Gritó al fin, cogiendo a tientas un mazo, sin apartar la vista del espectáculo.

Y, como un poseso, empezó a golpear su creación con desespero, con crueldad, con la locura nublándole la vista. Un golpe, y otro, y otro, hasta que el mecanismo dejó de funcionar, muriendo a manos de su creador, volviendo al orden de lo que no se mueve.

Joder, da miedo pensarlo: lo mismo Dios es también relojero…

11 de enero de 2009

Pablo Pablito (II)

Silbando despreocupado, ha salido Pablo Pablito a la repisa que hay bajo la ventana de su apartamento. Un sexto piso, nada menos. Pero tranquilos: para no correr riesgos innecesarios, Pablo Pablito, que de esto sabe un poquito, ha amarrado una cuerda al frigorífico y se ha atado el otro extremo a la cintura. No corre peligro alguno.

¿Y qué hace nuestro amigo en la repisa de un sexto piso? Pues resulta que Pablo está enamorado. Piensa colocar una pancarta en la fachada del edificio: “Amo a Lolita”. Lolita es la mujer que le ha robado el corazón. La conoció hace poco en un prostíbulo de postín. Tras el servicio pertinente y el consiguiente trueque de fluidos y dinero en metálico, Pablo Palbito había quedado prendado de la profesionalidad y dulzura de Lola, ‘la puta más mola’, como se le solía conocer en su lugar de trabajo. Han empezado un idílico romance que dura y dura ya una semana. Pablo y Lola han acordado que ésta no trabaje más en el prostíbulo. Van a dejar que él se encargue de toda la responsabilidad de traer el dinero a casa. “Te reservaremos para las vacas flacas, cariño”, había dicho Pablo Pablito tras un tierno beso. Y ella le había respondido melosa: “No me importa pasar dificultades si es contigo. Y si he de volver al trabajo, lo haré por nosotros encantada.”

Pablo Palbito está en la repisa espaldas a la pared, andando con mucho cuidado, con la pancarta en una mano y un cubo con pegamento en la otra. Tiene algo de vértigo, pero es capaz de superarlo, porque el amor que arde en su pecho le da las fuerzas y el valor de Hércules y Ulises y Aquiles y Popeye. Silba de nuevo, sin perder en ningún momento la sonrisa. Si siempre ha sido un tipo feliz, desde hace una semana se siente prácticamente en el paraíso. Jamás había sentido por una mujer lo que ahora siente por Lola. Jamás.

Y en esto que Pablo Palbito, que se ha quedado ensimismado en la repisa pensado en su gran amor; vuelve en sí, y descubre mitad sorprendido, mitad divertido, que abajo se ha empezado a arremolinar una pequeña multitud. Ríe alegre. Su declaración pública de amor va a ser seguida por un numeroso público. Vaya, vaya… ¡Pero escuchen! ¿Le están gritando? ¿Quizás jalean su valor y lo romántico de su acción? No, imposible. Aún no ha desplegado la pancarta. ¿Qué gritan entonces…?

-¡…que te vas a matar…! –cree oír en la distancia.

-¡Piense en su familia!

-¡Aún eres joven!

Y Pablo Palbito ríe de nuevo, encantado por lo curioso del malentendido. Desde abajo la multitud sigue gritando, cada vez más numerosa. Incluso han cortado la calle en ambos sentidos… ¡y por allí se divisa un gigantesco camión de bomberos! La policía no tarda en llegar, haciendo bailar sus luces azules. Pablo Palbito se lo pasa en grande, e intenta sacar a la gente de su error gritando, en vano, pues se encuentran a mucha distancia y abajo hay un murmullo general.

-¡No, no se confundan! ¡Esto es una declaración de amor! ¿No lo entienden? ¡Estoy enamorado de Lola!

Pero nadie perece darse por enterado. De repente, y dándole un susto de muerte, un tipo sale a la repisa por una ventana del piso de al lado. Tiene unos cincuenta años, la frente amplia, barriga cervecera y una barba descuidada. Está sujeto por un arnés enorme de alpinista profesional, con diez o doce puntos de anclaje. A pesar de esta medida de seguridad, se pega a la pared sudoroso y terriblemente inquieto, mirando hacia abajo con aprensión. El vientecillo de las alturas le despeina el pelo entrecano.

-Soy el inspector Juan Ruipérez –dice el tipo barrigudo-. ¡Tranquilo, no pienso acercarme!

-¡Buenos días inspector! –Pablo Palbito se aproxima velozmente a Ruipérez, tan animando como siempre. El inspector le mira con cara de descomposición al ver que le extiende la mano. Ruipérez se la estrecha, tembloroso-. Verá, creo que esto es un error. Ustedes no lo entienden… Yo tengo novia…

-Oh, créame que le entiendo. –Rupiérez habla a voces, visiblemente inquieto, pero su actitud es la de un perro viejo que se las sabe todas, la de un profesional con treinta años de servicio a sus espaldas-. Siempre es la misma historia. Siempre igual. Que si un desengaño amoroso, que si las deudas… ¿Pero en qué demonios está pensando? No se tire, por el amor de Dios. Aún tiene toda la vida por delante…

-Bueno, eso es verdad. Pero yo… -Pablo intenta explicarle todo, pero es interrumpido.

-¡Claro que es verdad! –Ruipérez ya ha recuperado la confianza característica en él-. La vida es maravillosa, joder. Maravillosa. No vale la pena quitársela uno mismo, cuando es tan frágil. ¿No lo ha pensado, maldita sea? Cada día mueren miles de personas en la carretera, o por hambre, o por el cáncer, o por qué sé yo. Y usted, que por fortuna aún puede seguir disfrutando del mundo, ¿va a desperdiciarlo todo?

Pablo Pablito ha perdido repentinamente la sonrisa. Ahora mira absorto a la gente que se congrega abajo, en la calle. Piensa en lo que el inspector le ha dicho. Piensa en los padres de familia que se dejan la vida en la carretera, o en las vidas que se llevan por delante las guerras, o en los niños que mueren de hambre. De repente toda su alegría se ha enfriado.

-¡Usted aún puede andar, joder! ¡Aún puede ver! Hay muchas personas que jamás se levantarán de una cama o de una silla de ruedas, y aún los hay más que no podrán ver un amanecer porque han perdido la vista. ¿Y usted va a quitarse a sí mismo todo eso? ¡Con la de cosas que le quedan por vivir!

Pablo Pablito deja escapar una lágrima. Ciegos y paralíticos. Pobres personas. El mundo está lleno de gente desgraciada, y mientras él tan feliz y tan ingenuo, con una pancarta estúpida en una mano y un bote de pegamento en la otra. Debería darle vergüenza.

-La vida es preciosa, hágame caso. -Ruipérez se adelanta a un ademán de Pablo de responderle-. ¡De acuerdo, de acuerdo, sé lo que piensa! Seguro que usted no lo ve todo tan bonito. Sí, es cierto que hay desgracias, y que hay gente que sufre. Sí. La gente tiene problemas, y hay maridos que pegan a sus mujeres, y hombres que violan niñas, y minas que quitan piernas, y malos programas de televisión… ¡Pero no se quede sólo con lo malo! ¡La vida es preciosa!

Y Pablo Pablito rompe a llorar desconsoladamente. Nunca en su vida nadie le había abierto los ojos de esa forma. Siempre había considerado al mundo como un lugar de color de rosa, donde todo era felicidad y amor. Nunca le faltó de nada. Sus padres habían sido los más responsables, atentos y cariñosos del mundo. Siempre se había llevado bien con sus hermanos, y tenía amigos por doquier. ¡Y su amor con Lola…! ¡Qué decir de eso!

Pero todo había cambiado. Ahora se abre ante él el verdadero mundo, el que la gente menos afortunada tiene que vivir. Un mundo cruel y despiadado, donde triunfa el más fuerte y el débil no puede sino llorar su desgracia. Un mundo donde hay huérfanos, y perros abandonados, y personas tan enfermas que preferirían estar muertas. Un mundo que no tiene razón de ser, en el que la muerte es, en realidad, un esperado descanso.

-¡No puedo soportarlo! –Grita Pablo Pablito, dejando escapar toda su desesperación. Se quita la cuerda de la cintura y se arroja al vacío. Durante los dos segundos exactos que dura la caída, no deja de oírse un escalofriante silbido al desplegarse la pancarta que aún sujeta, mostrando a todos su mensaje.

El impacto contra el asfalto suena como un huevo al caerse de la nevera. Croplof.

-¿Y quién coño será Lola? –es lo primero que se escucha entre la multitud, tras un sepulcral silencio.

El inspector Ruipérez aparta la vista asqueado al ver el estado en que ha quedado la acera (toda manchada). En su actitud de tipo duro, masculla por lo bajo para sí:

-Maldita sea, Juan. A ese pobre desgraciado lo tenías casi convencido…

10 de enero de 2009

Pablo Pablito (I)

¡Vaya! ¿No era ése el teniente alcalde? ¡Claro! Uno pelo más cano y unas cuantas arrugas, pero era él. Pablo Pablito ya tenía el pelo seco y la ropa puesta. En los vestuarios de la piscina cubierta se mezclaban los bañistas que acababan de salir del agua con los que iban a introducirse en ella. Pablo Pablito pertenecía al primer grupo y el teniente alcalde al segundo.

Dudó un instante antes de abordarlo. Pablo Pablito no tenía claro cómo dirigirse hacia él. La última vez que lo vio tan sólo era un muchacho, pero ya se había hecho todo un hombre. ¡Además, ahora el señor Velasco era concejal del ayuntamiento! ¿Debía hacerlo con formulismos, o por el contrario podía permitirse un toque de familiaridad? ¿Quedaría bien si le preguntaba por su señora? A Pablo Pablito le gustaba quedar bien con la gente.

“Bueno –se dijo, siempre con una sonrisa en la boca- De todos modos es un buen tipo. Se alegrará de verme, y no le importará si me tomo algunas confianzas.”

El teniente alcalde se despojaba de su camisa cuando Pablo Pablito le puso una mano en el hombro. Se giró rápidamente, casi con violencia.

-¡Hola, señor Velasco! –Exclamó Pablo Pablito, como disculpándose. El teniente alcalde le miraba con desconcierto y algo de hostilidad. No le reconocía-. ¿Me recuerda? Soy Pablo. ¡Pablo Pablito! Iba a estudiar de vez en cuando a su casa con su hija, hace ya tiempo. ¿No se acuerda?

El señor Velasco se encontraba con el pecho descubierto, dejando ver unos desagradables michelines y unos pectorales caídos y flácidos. No supo qué responder al instante. Seguía la sorpresa en su rostro, pero la acritud parecía disolverse ante la amabilidad e ingenuidad de su interlocutor.

-Vas a perdonarme muchacho. Iba mucha gente a estudiar con mi hija a mi casa, y no me acuerdo…

-¡Claro, claro! Le entiendo. Es cierto. Yo tan sólo iba una vez por semana a su casa. El resto de los días los tenía ocupados. ¡Qué tiempos aquéllos! Solíamos estudiar química. ¿Sabe? Enlaces moleculares, y todo eso. A ella no se le daba muy bien… y a mí tampoco, para que nos vamos a engañar. No era muy estudiosa su hija, ¿sabe? Tampoco muy lista. Simpática sí. Le hablabas y ella se reía muchísimo, incluso de cosas que no tenían gracia. ¿Cómo está ella? Bien, seguro. Es como si la viera. Con sus trenzas, con sus pecas, con aquellos pantalones que… ¿Le puedo comentar una cosa, en confianza? –Pablo Pablito bajó la voz y puso un tono de confidencialidad-. En realidad lo que me atraía de ella era su… su trasero. Su culo, vaya. Con aquellos vaqueros apretados, con aquellos tangas… ¡Era una tortura! Por el colegio, las malas lenguas decían que era una, perdone la expresión, calientabraguetas. ¡Yo no creo tal cosa! Siempre que necesité un poco de… alivio, ella me ayudaba. Vamos –y Pablo Pablito se ayudó con gestos para hacerse entender, manteniendo el tono confidencial- ¡que me la trabajaba, vaya! ¡Ya sabe, un poco de estopa! Era incansable. Hacía cosas, que, y disculpe si soy demasiado explícito, no se lo he visto hacer a ninguna zorra. Cuando tuve que marcharme a estudiar fuera le pedí una foto suya, y me la dio sin poner objeciones. ¡Siempre la llevo encima desde entonces! ¡Mire, mire, aquí mismo la tengo! ¿La ve? Ella estaba un poco inconsciente a causa de la borrachera. Quizás no la reconozca porque ese tipo que se le sienta encima le tapa la cara. Pero mire, mire esa mancha de nacimiento entre los pechos. ¡Es ella! Mi mano creo que es la segunda por la izquierda, la que está en la entrepierna. ¡En el coño, vaya! La de al lado es de mi amigo Juan. ¡Qué fiesta aquella!

Y entonces Pablo Pablito cayó en la cuenta de que se le hacía tarde. Había quedado para un asunto del trabajo.

-¡Disculpe, señor Velasco, pero llego tarde! Me ha encantado hablar con usted. ¿Vendrá mañana a nadar? Me encantará seguir hablando de los viejos tiempos.

Y allí se quedó el señor Velasco, el teniente alcalde, boquiabierto ante la locuacidad de Pablo Pablito.

9 de enero de 2009

Sin piernas

Johnny Tough Guy echó otro trago a su petaca. Acto seguido derramó el agua que le quedaba por la cabeza y se pasó la mano por el pelo.

-Puto calor.

Dentro de la trinchera la atmósfera era asfixiante. Los ruidos del exterior llegaban perezosos y espesos. Boooom. Booooom. Eran bombas cansadas.

El chico polaco parecía muerto, pero sólo estaba dormido. Tenía la boca abierta y estaba cubierto de polvo. Su respiración era irregular y con intervalos muy largos. Cada vez que volvía a coger aire Johnny se iba cabreando un poco más.

-Puto calor.

Esta vez lo dijo mirándole directamente, como acusándole de algo. Qué cojones haces durmiendo con la boca abierta, como un puto cadáver. Qué cojones haces soñando. Por qué coño respiras. Y por qué coño me cabreo.

Una nueva aspiración, más irregular y sucia que las anteriores. Johnny le tiró la petaca a la cabeza.

-¿Eh?

Abrió los ojos perezosamente, como si le hubieran zarandeado con suavidad. Tiene cojones. Tiene cojones.

-¿Eh?

Se llevó la mano a la ceja y comprobó que estaba sangrado. Tan tranquilo, el chaval.

-Vete a morirte a otra parte.

-¿Qué pasa, Johnny?

-Te acabo de abrir la ceja, imbécil.

-¿Qué pasa?

Miró de nuevo su mano manchada de sangre, sin comprender. Aquello fue demasiado. Johnny se levantó y se fue al departamento contiguo, donde otros tres soldados jugaban a las cartas. La mesa era una caja de munición con una cazadora de cabo como tapete. Jugaban al póker con la última baraja sin marcar, y apostaban con casquillos de bala a modo de fichas.

- ¿Cuál es el bote?

Nadie abrió la boca en un principio. Los tres tipos estaban sin camiseta, mirando las cartas como si no fuesen capaces de ver nada más. Estaban cansados y sudorosos, y se movían lentamente.

Por fin el cabo habló.

- Estamos apostando agua.

-¿Agua?

-Eso he dicho.

Johnny se pasó la mano por la cara. Su nivel de ira parecía no conocer límites. Claro que apostaban agua. Todo se había ido a tomar por culo.

-Imbéciles.

-No juegues si no quieres.

Había hablado el más viejo de los tres soldados. Su montón de casquillos era el más grande, pero no parecía especialmente feliz.

-Imbéciles. Putos animales. Jugando agua al poker.

-Te estás cabreando de nuevo. Sube arriba a matar chinos y deja de tocarnos los huevos.

El cabo cambió dos cartas y Johnny pudo ver que montaba un full de ases y treses. Ninguna sonrisa. Ningún gesto. Y no porque fuera especialmente bueno poniendo cara de poker, sino porque estaba muerto por dentro.

-Claro que subo, joder. Por lo menos lo de arriba tiene sentido. Pero ¿vosotros? Esto es un puto manicomio.

-No juegues si no quieres.

Johnny escupió en el suelo. Tenía la boca seca de nuevo. Volvió al departamento donde tenía sus cosas. El polaco había vuelto a dormirse, sangrando por la ceja como un cerdo. Había sitio para pasar sin molestarle, pero Johnny puso mucho cuidado en pisarle un meñique. Cogió su fusil, tres cargadores y las gafas.

-Qué pasa, Johnny.

El polaco hablaba en sueños.

8 de enero de 2009

Joe!

-Joe!

La mujer era guiri. Vamos, era de los Estados Unidos. Por eso su marido no se llamaba Pepe o Manolo, y por eso al gritarle sólo aparece un signo de admiración al final. Porque los guiris gritan así. Y esta mujer, más.

-Joe! Ven aquí ahora mismo. Tengo que decirte una cosa.

La mujer se desgañitaba mientras hacía a toda velocidad una maleta, y sólo una.

-¿Vas a decirme que podemos tener un perro?

La cara de Joe! (se llamaba así, con la admiración al final; sólo su mujer pronunciaba su nombre, y siempre lo hacía gritando) la cara de Joe!, digo, asomó por la puerta del dormitorio, con su eterna sonrisa cincelada en su pusilánime rostro. Porque era pusilánime, el cabrón. Pusilánime con cojones.

-No, no voy a decirte que podemos tener un perro.

-Seguro que sí –Joe! ya lo veía en su mente, marrón y con cuatro patas. Y rabo. Rabo de perro. – Vas a decirme que podemos tener un perro.

-Que no, coño. –La mujer no dijo coño, dijo otro taco en guiri, pero bueno, se hacen una idea.

-Le llamaremos Rufo. ¿Qué te parece? Un perro marrón, con cuatro patas de perro y rabo de perro y aliento de perro y que se llama Rufo. ¡Qué bien!

-Joe! –La mujer dejó de hacer su única maleta para coger a su marido Joe! por los hombros y sacudirlo.- Tratada de escuchar, por el puto amor de Dios! Voy a dejarte. Me voy. No aguanto más.

-Oh –la sonrisa de Joe! casi se borró de su rostro pusilánime con cojones, pero sólo para volver con más fuerza.- En vez de dejarme tener un perro, me dejas, sin más.

-Eso es. Joe! –dijo suavemente su mujer.– Te dejo. Me voy.

-Oh. Pero cariño…

-No me llames así –la mujer cogió un puñado de bragas y lo metió en la maleta de una hostia, como si estuviera introduciendo comida en el gaznate de un bicho gigante con boca de Samsonite.- No me llames así, forpavor.

-¿Y churri?

-Tampoco.

-¿Amor?

-Nope.

-¿Palomita?

-Nou.

-¿Muñeca?

-¿¿Muñeca?? –La mujer se volvió amenazadora, y le cruzó la cara de un revés. Joe! no dejó de sonreír ni un instante.- ¿Te atreves a llamarme muñeca? ¡Serás machista!

-Es que… me parece que ahora no me acuerdo de cómo te llamas, y claro, me da cosa decirte “eh, tú”.

-Pues no me digas nada. No quiero que me hables, ni que me llames, ni que me escribas ni que me nada. ¡Nada! ¿Lo has entendido? Me voy.

-Oh. –Joe! trazó círculos con el tobillo derecho, indeciso. Finalmente, su expresión se iluminó. -¡Ya sé! Voy a pegarme un tiro. ¡Así podré estrenar el revólver que compramos! ¿Te acuerdas de cuando compramos el revólver? Y yo que pensaba que no iba a poder usarlo…

-Como veas. Pero hazlo en el cuarto de baño, que luego se queda todo perdido y no hay cojones a limpiar. Y la sangre sale fatal de la moqueta.

-Pero churri…

Bam. Otro revés mortal. Se lo tenía merecido, claro, por gilipollas.

-Pero... tú... los suicidios molan más sentados en la cama y con música triste de fondo. Si me pego un tiro en el cuarto de baño será como si me estuviera lavando los dientes. Solo que en vez de lavarme los dientes, me pego un tiro. No sé, no le veo…

-¡Pero te quieres callar de una puta vez y dejarme hacer la maleta!

-Bueno. Como quieras. Voy a suicidarme.

-Vale, no tardes.

Joe! sacó el revólver de la mesita de noche. Durante un instante, mirando de reojo a su mujer, le entraron ganas de decirle “¡Te chinchas, me pego el tiro en la cama! ¡Hala, a joderse!” y descerrajarse un balazo en la sien, así, un poco escorado, para que la bala saliera llenetica de sesos y no se quedara dentro del cráneo. Pero al final se contuvo porque, como hemos dicho, era un pobre diablo; y fue al cuarto de baño.

-No queda Listerine –comentó de pasada.

-Porque me lo bebo. Me volvía alcohólica para poder soportar este infierno de matrimonio.

-Ah. Por eso hueles a chicle. ¡Y por eso cuando me la chupas se me queda fresquita como un poloflash!

-Yo no te la chupo, Joe!

-Ya. Pero si lo hicieras, pasaría.

-Supongo.

Sin mas dilación, Joe! abrió la boca y se metió el cañón del arma en la boca.

-Adioj, munjdo cruej.

Click.

“Mhmmm” Pensó.

Click. Click. Click.

Sacó el cañón de su boca con un hilillo de babas y, como en los dibujos animados, miró en el interior como si fuera un catalejo. Qué gilipollez. ¿Acaso iba a saber cuál era el problema mirando dentro del cañón?

Click –sin dejar de mirar. Total, iba a suicidarse.

-No funciona.

-¿Cómo que no funciona? –La mujer seguía a su rollo, metiendo más y más cosas en el gaznate del monstruo-maleta.

-No funciona. Hace click. Mira.

Bam!

Ups.

El cuerpo inerte de la mujer cayó hacia delante. Primero hincó las rodillas en el suelo, y luego su tronco se desplomó sobre la maleta, dejando el cráneo chorreante dentro de la misma. Durante un instante Joe! tuvo el miedo instintivo de recibir un tercer revés, pues la cabeza de su mujer estaba dejando todo el contenido del equipaje empapadito de sangre. Sangre de esa brillante y densa, de la buena, de la que sale de las arterias con felicidad, decidida a regar toda la mollera.

-Hala. Perdona.

El monstruo Samsonite cerró sus fauces con fuerza y se puso a masticar.

-Jódete, mala pécora. Eso por meterme la ropa hasta el píloro. -Habría dicho sin duda, pero no lo dijo porque tenía la boca llena.

-Qué pena –comentó Joe!-. Si tuviera un perro Rufo, con patas de perro, rabo de perro y lengua de perro, estaría lamiendo la sangre que chorrea hasta el suelo…