30 de enero de 2011

IZD

Sobre su mesa de trabajo había un ordenador; una decena de lápices, un montón de folios en blanco, otro montón con cálculos y esbozos, un sacapuntas, dos gomas de borrar. Nueve de los lápices, metidos en su lapicero, tenían las puntas agudísimas y preparadas; el otro estaba algo menguado y con la punta roma. Los folios estaban apilados al milímetro, formando sendas columnas perfectamente alineadas. El ordenador estaba encendido, desarrollando una larga serie de cálculos por elementos finitos.

El hombre esperaba tranquilamente a que la máquina acabase por dar su veredicto, sentado en su silla giratoria.

Era un ingeniero.

Error. El modelo volvía a fallar. Unas cuantas celdas rojas en la hoja de cálculo así lo sentenciaban. No se puso nervioso. Se levantó con parsimonia y se acercó a la ventana del estudio abuhardillado. Cogió la regadera que había en la repisa y regó lentamente el bonsai. Lentamente. En su cabeza, figuras geométricas que se entrelazaban en un espacio de varias dimensiones. Fuerzas que se equilibraban. Energías potenciales que se convertían en cambios de trayectoria. Consideraciones relativistas. Ponderaciones del peso del combustible que daban como resultado bellas ecuaciones exponenciales, salpicadas de correcciones semiempíricas. La sombra que proyectaba al estar delante de la ventana se fue alargando con el paso de las horas, pero él no se movió. Había un problema e iba a resolverlo. Su cabeza funcionaba con paso lento y constante, como una gran corona dentada engranada a una reductora. Nada podía detenerle. Nada podía acelerarle.

Era un ingeniero zen.

Puso a hervir una infusión, receta propia. Té, menta poleo y manzanilla, en unas proporciones que llevaban años siendo las mismas. Cuando estuvo preparada, volvió a la ventana, exactamente a la misma posición de antes. No tuvo que probar a ver si la mezcla estaba ya suficientemente templada como para tomarla sin quemarse; pasado el tiempo necesario le dio un pequeño sorbo. Los miles de ingenieros zen que le habían precedido en sus miles de jornadas anteriores ya habían hecho los ensayos para ver cuánto tardaba la infusión en enfriarse. A estas alturas de la vida tenía el tiempo perfectamente cronometrado, y por tanto el tiempo le pertenecía.

La sombra dejó de alargarse y empezó a difuminarse. Fuera oscurecía, pero dentro se veía la solución al final del túnel. Sonrió levemente. Tenía el error acotado y localizado, y no había por qué darse prisa en darle caza. Sabía en qué rincón se escondía: un sistema inestable dentro del programa de navegación. Sabía también qué aspecto tenía: se trataba de una derivada aberrante de orden superior a cuatro. Un pelo de unicornio sobre la vía haciendo descarrilar un tren gigantesco. Sonrió de nuevo, y esta vez dejó entrever un colmillo muy afilado. Decidió que podía permitirse disfrutar de aquello sin perder la calma. Se lo había ganado. Antaño habría dado saltos de alegría. Habría chillado histérico, como un niño cruel que tiene acorralado a un animal indefenso al que piensa matar. Habría tenido también ojeras, el pelo revuelto, la ropa desastrada. Una taza de café en la mano, un cenicero hediondo colmado de colillas. Habría tenido una mujer llorando en el piso de abajo. Habría tenido cajas de ansiolíticos desperdigadas por su mesa. Habría tenido un saco de boxeo deshilachado colgado al lado de la ventana. Habría tenido una botella de Jack Daniels por la mitad, en el sitio que ahora ocupa el bonsái. Habría tenido una radio escupiendo mentiras que le crispaban. Habría tenido un infarto.

Ahora el ingeniero zen sólo tenía una sonrisa oscura, porque en su cabeza había luz.

Se sentó al ordenador y empezó a hacer las correcciones pertinentes. Pudo saborear el miedo del error, el miedo del puto unicornio. Se escondía, pero no podía correr. Él era un gigantesco dios triangular, un dios ingeniero, con un solo ojo y una sonrisa llena de dientes afilados, blandiendo sus ingentes conocimientos en la Mecánica. Esgrimía la todopoderosa motosierra del cálculo diferencial a un lado y al otro. ¿Estás ahí, error de mierda? ¿Estás ahí, puta derivada (ahora lo sabía) de orden seis? ¿Estás ahí, tú, que con tu ínfima discrepancia puedes dar lugar a errores descomunales escondiéndote dentro de un sistema caótico? Estás ahí. Te veo. Tiemblas. Jódete.

Puso de nuevo el programa de cálculo a trabajar. Se midió el pulso y comprobó satisfecho que no había pasado de sesenta y cinco. Esperó sin tener miedo al fracaso. No podía fracasar porque el tiempo le pertenecía. Si el programa volvía a fallar, el ingeniero zen del día siguiente volvería a la carga, igual de tranquilo, igual de metódico.

Tarde o temprano, el misil estaría listo.

Era un ingeniero zen destructor.

16 de enero de 2011

Por qué de repente El Principito es una puta mierda.

Conforme he ido haciéndome mayor, he ido cayendo, ahora me doy cuenta con satisfacción, en brazos del odio injustificado. Atrás han quedado mis años de adolescencia, en los que aún intentaba racionalizar my fuckin’ hate utilizando argumentos morales y éticos. ¿Te da rabia Jorge Javier Vázquez? Pero espera, ¿es porque el programa que presenta es la mierda o es porque es gayer? Eso ya da igual. ¿Patearías la cara de esos que sacan en el Camp Nou la pancarta de “Catalonia is not Spain”? ¿Es porque estás en contra de cualquier nacionalismo o porque en realidad no sabes vivir en democracia? A quién cojones le importa. Los putodio y punto. La glándula de odiar hay que cuidarla y mimarla, y mantenerla limpia de argumentos y razones, para que no se obstruya y se infecte. Llegado el momento, puede que el odio sea lo único que nos quede.

Sí, ya sé por qué le odio. Y me gusta. Odiarle, no él, se entiende.

¿A qué viene tan apocalíptica introducción? Pues verán usarcedes; resulta que hace relativamente poco descubrí el que quizá sea el más magnífico odio visceral que nunca he sentido. Como enamorarse pero al contrario, no sé si me explico. Y es mucho más magnífico porque se proyecta sobre algo que antes estimaba. Me estoy refiriendo a El Principito.

El principito: “No, mi móvil no tiene GPS. ¿Por?”

Supongo que el libro, quién más, quién menos, ya lo conoce, pero por si acaso les pondré en antecedentes. Se trata de un cuento infantil escrito para adultos, o si se prefiere, una suerte de prosa poética escrita para el niño que todos llevamos dentro. Narra la historia de un pequeño príncipe que vive en soledad en un diminuto planeta. Cierto día, el principito decide viajar a la tierra, y se encuentra con Antoine de Saint-Exupéry, el autor del libro, con quien entabla una entrañable amistad. El principito le cuenta las peripecias que ha pasado hasta llegar a la tierra, le describe cómo es su planeta (tan pequeño que puede rodearlo dando apenas unos pasos, y que le permite ver tantas puestas de sol al día como quiera), etc. En sus historias, vemos distintos aspectos del ser humano desde la perspectiva pura e inocente del principito. Nos habla del materialismo, de la intolerancia, de la amistad, todo desde un punto de vista en principio pueril, pero que conforme va avanzando la narración se torna absolutamente trascendental. Llegado el momento, el principio decide que es hora de irse a su casa de nuevo, pero no sabe cómo. En la tierra, debido a la gravedad, su cuerpo es demasiado pesado. Así que la única manera que encuentra de regresar es morir envenenado por una serpiente. Pero en realidad no muere, porque cada vez que Saint-Exupéry mira las estrellas, puede oír la risa del principito…

Y fin. Suena a mariconada del 15. ¿Verdad? Cualquiera puede imaginar, tras el resumen que acabo de hacer, que Saint-Exupéry era un ser amanerado, con sentimientos ambiguos hacia su madre. Un ser apocado y pusilánime, cuya única forma de escapar de su vida miserable era buscar consuelo en un amigo imaginario, un prepúber rubio y engalanado con ropas de príncipe

¡Pues no! Antoine de Saint-Exupéry era aviador. ¡Aviador a principios del siglo XX! ¡Un auténtico aventurero! De hecho, el encuentro con el principito se produce en el Sahara, donde Saint-Exupéry se encuentra intentando reparar el motor de su avión, tras sufrir una avería sobrevolando el desierto. Este episodio está basado en un incidente real: en 1935 tuvo que aterrizar en el Sahara cuando intentaba batir el record en cubrir la ruta París-Saigón. Cuando leí por primera vez el Principito, con diez u once años, no podía dejar de imaginarme al típico piloto de las películas antiguas. Un gentleman (valga la expresión, aunque era francés) con su gorro con orejeras, su bigote fino, su cazadora de cuero. Lo imaginaba en su accidente del Sahara, sudando por el día y temblando por la noche, en soledad, con estoicismo, sin perder su elegancia. Lo imaginaba escribiendo el cuento con la espalda apoyada en su Caudron C-630, tras una dura jornada llenándose de grasa hasta los hombros, intentando reparar el dichoso bulón antes de quedarse sin agua. Maldiciendo su suerte entre dientes. Lo imaginaba, en definitiva, perteneciente a ese grupo de escritores tan jodidamente duros que pueden escribir cosas que lleguen al corazón, sin por eso dejar de serlo.

Cervantes, Hemingway y Orwell. Tres pares de huevos. Dos pares y medio de brazos, no obstante.

Lo imaginaba en el mismo club que Cervantes, que matando turcos en Lepanto se ganó al derecho a emocionarme con el Quijote. Lo imaginaba colega de Hemingway, que me hizo llorar con El Viejo y el Mar, pero que antes fue reportero en la Guerra Civil y Segunda Guerra Mundial, que cazaba elefantes y que llevaba barba. Lo imaginaba a la altura de George Orwell, que puso los pelos de punta con 1984, y que escupió en la cara de la Unión Soviética cuando todavía era pecado. Qué cojones. Lo imaginaba incluso por encima de todos ellos. Porque El Principito era un libro tierno escrito por un hombre que desapareció de la faz de la tierra montado en un P-38 Lightning.

El autor de lo de la izquierda murió montado en lo de la derecha. Yippee!!!

Bueno. Pues resulta que por culpa de Google, tengo que enterarme de que el héroe de mi infancia tiene esta cara:

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No comment.

Sé perfectamente que habrá quién no me entienda, pero como he dicho al principio, los caminos del odio son inescrutables. Y al ver la foto de Saint-Exupéry, he descubierto la verdad, que siempre estuvo ahí, delante de mis narices. Y lo cierto es que, de repente, El Principito es una puta mierda.

19 de febrero de 2009

Un par de sabuesos

-…y fue así como conocí a Johnny McMurhpy –dijo al final George, jugueteando con los hielos de su vaso de whisky.

-¿McMurhpy? –Exclamó Jack, apagando el enésimo cigarrillo de aquella noche.

-Sí, Jack. Ya sabes. Tiene que sonarte

-Pues…

-Sí, hombre. Johnny McMurhpy. Deja que te cuente su historia… Resulta que el tío es tan feo que a buen seguro que ni la peor prostituta del Harlem le echaría un polvo. Y Johnny sabe cómo es de feo, vaya que si lo sabe. Cierto día, borracho al parecer, estuvo hablando con Paul Gray, el psicópata que atrapamos hace años. Johnny le pidió a Paul un favor: como sabía que jamás en su vida tocaría una teta, le rogó que le consiguiese un par de pezones de mujer y se los implantase cada uno en una nalga. Así, cuando estuviera más melancólico de lo normal, siempre podría manosearse su propio culo y echarle imaginación.

-¡Por el amor de Dios! ¿Y Paul accedió?

George se sirvió otra medida de whisky y miró burlonamente a su colega.

-Jack, no por nada ahora se le conoce a John por “Johnny Culotetas”…

7 de febrero de 2009

¡He visto a Dios!

-¡He visto a Dios! –dijo el viejo en su lecho de muerte, con los ojos en blanco y una mueca de horror en el rostro.

-Prosiga, hijo –le invitó el cura, treinta años más joven que el moribundo.

-Es… es una esfera perfecta, tetradimensional, infinita. Su color es blanco purísimo, resplandece como el sol de mediodía, pero no me ciega los ojos. En el interior de la esfera están todas las cosas bonitas del mundo. Hay niños riendo, y gente amando, y… y…

-¡Siga hablando, abuelo, siga hablando!

La nieta del enfermo lloraba serenamente, arrodillada junto a la cama.

-¡Y Dios tiene… tiene! –el viejo alzó las manos en señal de desesperación, incapaz de explicar.

-¡Continúe! –gritó el párroco, encendido de emoción.

Entonces el viejo abrió los brazos como intentando abarcar el máximo espacio posible.

-¡¡Tiene la pija así de grande!!

6 de febrero de 2009

Y como la musa no se dignaba...

Y como la musa no se dignaba a enseñarme el culo, me metí a jugar a un juego de mierda en una página web de mierda, llena de telarañas y olvidada incluso por sus creadores. El juego era divertido y enganchaba, el cabrón. Tras consumir dos o tres horas aquella madrugada, me pasé el jueguecito. Un monigote sonriente apareció en la pantalla y me ofreció la oportunidad de escribir mi nombre para ponerlo en el ranking de honor. Yo estaba somnoliento además de cabreado por no haber escrito nada en toda la noche. Medio groggy, me puse a golpear las teclas: “Déjame en paz. Sí, me he pasado la última fase, pero no he salido de mi bloqueo literario. No he escrito nada decente desde hace años, así que deja de sonreírme, muñeco pixelado.”

Lo escribí en un arrebato de ira, mirando al teclado, consciente de que no cabría en la ventana destinada a escribir el nombre del ganador. Pero cuál fue mi sorpresa al comprobar que esas frases sí habían cabido. Aquello no era normal, pues en esas ventanillas no suele haber espacio para más de diez o doce caracteres, y menos en un juego de mierda de una página web de mierda. Pero todo había quedado registrado, con el cursor parpadeando, hambriento de letras.

De repente la musa me enseñó el culo, y me lo restregó por al cara. Mis dedos empezaron a bailar solos por el teclado. Borré lo que había escrito y, poseído por una eléctrica sensación de lucidez, empecé a escribir en aquella ventanilla la mejor novela jamás creada en la historia de la Literatura. Permanecí horas, quizá días, tecleando sin parar siquiera a comer, con la irritante aunque simpática compañía de aquel muñeco que me decía “Felicidades, ha entrado en el ranking. Introduzca su nick.” Tecleé con un frenesí enfermizo, sabiendo que estaba creando algo grande.

Y cuando puse el último punto de la gran obra, con el sol del mediodía entrado por la ventana como testigo mudo de mi locura, pulsé ‘intro’ en lugar de copiar el texto para trasladarlo al portapapeles.

Y lo hice adrede.

De modo que la mejor novela jamás escrita por el hombre quedó expuesta en el ranking de un juego de mierda en una página web de mierda. Nunca saqué mi obra de allí, ni tampoco volví a visitar aquella página.

De hecho, no creo que nadie la haya visitado desde entonces.

5 de febrero de 2009

Cada vez que follas...

Cada vez que follas con condón o te la cascas, estás engañando a la Madre Naturaleza. Cuando en realidad sólo quieres echar un polvo que te proporcione unos minutos de placer egoísta y Sant Seacabó, la muy imbécil de la Naturaleza cree que estás buscando tener un enano cabezón que te joda la vida. Todo tu organismo, diseñado durante millones de años de evolución, reacciona con la única misión de reproducirse. La Naturaleza, ciega, asiente maternalmente dando su aprobación cada vez que llegas al orgasmo: “Así, hijo mío. Muy bien. Perpetúa tu especie. Ten descendencia.”

De modo que el mayor placer del sexo o de la masturbación no es el orgasmo en sí. Es cuando tiras el condón a la papelera o tiras de la cisterna tras la pajilla. Es entonces cuando puedes sonreír y decir “a criar hijos tu puta madre”.

3 de febrero de 2009

El padre estaba loco...

El padre estaba loco, vivía en las montañas aislado del mundo y le daba a la bebida. Vivía tan sólo en compañía de su hijo. Su hijo, Jack Jr., de trece años, jamás había visto a su madre. No tenía ni la más remota idea de qué había sido de ella. De hecho, tan sólo tenía una noción harto vaga de su existencia, en parte por su instinto, en parte por ciertas evocaciones imprecisas que había oído de boca de su padre.

Jack Jr. no tenía conocimiento alguno del mundo que no proviniese de su padre; jamás había salido de su casa. Su padre le había roto las dos piernas cierta vez, a los seis años, cuando intentó escaparse. Le curó y se restableció por completo, pero Jack Jr. se cuidó muy mucho de volver a intentarlo. Su padre solía pegarle sin ninguna razón justificada. “¿Por qué has arreglado el sillón que estaba roto?” “Porque quería ahorrarte trabajo, papá.” “¿Crees que no soy capaz de hacer mi trabajo? ¿Crees que ya estoy viejo?”

Y entonces le pegaba. En otras ocasiones, le daba una buena paliza por dejar que los muebles se cayesen a pedazos. Le pegaba por una cosa, por la contraria, o por ninguna de las dos, pero no podía dejar pasar un día sin recordarle quién era el que mandaba.

Jack quería a su padre. Jack temía a su padre. Y Jack odiaba a su padre con todas sus fuerzas.

En cierta ocasión, su padre le descubrió masturbándose. Le miró con una sonrisa y le preguntó con cierto rintintín. “¿Qué haces, hijo?”

Entonces, a pesar de la vergüenza, del miedo y del odio, Jack se atrevió a contestarle con cierto atrevimiento.

-¿Hay alguna forma de responderte sin que acabes pegándome?”

Y su padre le cruzó la cara con una bofetada de primera división.

-No, hijo. Parece mentira que no lo sepas a estas alturas. Claro que no, joder.

-Entonces estás enfermo.

Jack se cubrió esperando otra bofetada, pero descubrió asombrado que su padre ni siquiera había hecho el ademán.

-Eso pensaba yo de tu abuelo a tu edad. He crecido, y he visto que era un hombre sabio. Todo lo que ahora crees, aunque estés convencido, no vale para nada. En realidad somos iguales.

-Yo soy distinto a ti. Yo veo la verdad, y tú no. Y la verdad es que estás enfermo.

-Así, justo así le hablaba yo a tu abuelo. Pero he descubierto que soy igual que él. Y eres tú igual que yo, por muchas cosas que creas y por mucha mierda que sueltes por la boca.

Jack Jr. empezó a llorar, al principio por la impotencia de no encontrar palabras con las que explicarse, pero después por temor a que, después de todo, su padre tuviese razón.

31 de enero de 2009

Jodidamente Postnuclear

Todo era jodidamente postnuclear, por supuesto. No se veía a nadie por los alrededores. El muchacho se encontraba en las ruinas de un edificio bajo, quizás una de esas cafeterías americanas que solían abundar por las afueras. Daba igual: tan solo quedan un par de muros, un pilar y parte del techo. El suelo estaba sembrado de cascotes, pero se podía andar sin riesgo de tropezar si se andaba con ojo.

Recuerdo que era por la tarde. Había mucha luz, pero el sol se encontraba oculto tras uno de los muros altos de las ruinas. El cielo, sin rastro alguno de nubes, era de un azul intenso, algo oscuro pero increíblemente saturado, como pintado con rotulador. Contrastaba con el color pálido de las ruinas polvorientas.

El joven (pongámosle dieciocho años, ya que estamos, pongámosle una infancia pluscuanamericana, pongámosle un aspecto de héroe de serie adolescente cutre) se acercó a la esquina que formaban las dos paredes, oculta parcialmente por el solitario pilar y cubierta por la techumbre. Creyó ver algo moviéndose entre las sombras.

-¿Por qué todo es tan horrible? –Preguntó tímidamente, ignorando si recibiría respuesta.

Rodeó el pilar desde una distancia prudente y pudo ver lo que se escondía detrás. Sentado con la espalda arqueada, acurrucado como un armadillo, un viejo decrépito comía con las manos una sopa de ajo. Tenía las barbas largas, grises y descuidadas; una frente amplia arada por la edad y una melena canosa que le caía a la altura del cuello. Sin hostilidad, sin sorpresa, giró la cabeza hacia el muchacho y le clavó unos ojos aún más azules que el cielo que se cernía sobre sus cabezas.

-Eso pasa cuando las bombas caen. La cosa está así– se encogió de hombros y se metió en la boca un cacho blando de pan mojado-. Si no te gusta, pues te jodes.

Quizás el viejo no fuese tan viejo.

Quizás el viejo no tuviese más de cincuenta años. El viejo estaba en buena forma, el viejo tan sólo tenía arrugas en la frente, y el viejo no era un viejo desdentado. Masticaba con furia el pan mojado de la sopa de ajo. Y sus ojos azules desprendían juventud. Toda aquella decrepitud era producto de su melena larga y canosa de rockero trasnochado.

El muchacho (qué pelos, señoras, qué melena castaña al viento, qué encanto de joven) gritó impotente.

-¡Pero eso no debe ser así! ¡Yo tengo una beca! ¡Soy quarterback del equipo de mi instituto! Tengo una novia a la que amo, a la que apenas toco tanto la quiero y la respeto. Es rubia y en el baile de graduación fuimos elegidos rey y reina de la fiesta. Quiero casarme, comprarme un monovolumen Ford y envejecer sonriendo mientras mis hijos me joden la existencia. ¡No quiero esto!

El viejo sorbió ruidosamente el caldo de la sopa, con tranquilidad, ignorando la desesperación del joven.

-Cálmate, 37. Las cosas son como son. Analiza, adáptate y vence. –De repente subió el tono y le miró de nuevo directamente a los ojos-. ¡Y si no te gusta pues te jodes!

-¡Pero no es justo! –El muchacho gritaba furioso-. ¡No es justo! ¡No estoy dispuesto a admitir esto! Quiero mi vida anterior ¿entiende? ¡Mi vida! Además…–Empezó a respirar pesadamente, como a punto de romper a llorar-. ¿Por qué me llama 37?

El viejo tanteó con la mano derecha tratando de encontrar algo que se escondía a sus espaldas. Se levantó agarrando una gigantesca llave de fontanero y, con toda la tranquilidad del mundo, se la estrelló en la cara al joven muchacho. Un perfecto movimiento semicircular, con el brazo extendido, de atrás hacia delante. Paf. Auch.

El joven se retorcía de dolor tapando con las manos su preciosa cara partida. El viejo le extendió un espejo de mano para que pudiera mirarse. En su mejilla izquierda había quedado marcado un hexágono inscrito en una media luna, y un poco más abajo, el inverso del número de la llave. Quedó tatuado en su rostro trapezoidal el número 37.

El viejo se marchó, no sin antes despedirse.

-Así aprenderás cómo son las cosas, pedazo de imbécil.

Y le dejó el espejo, la llave y un plato de sopa de ajo. Habían pasado diez minutos y el puto sol no se movía. Habían pasado diez minutos y cielo era igual de azul.

30 de enero de 2009

La chica era guapa...

La chica era guapa como la chica más guapa y la chica era adorable como la chica más adorable. Con once años, tenía ya un aire de mujercita.

-Abuelo. ¿Por qué rompiste el reloj? -Pregunta la chica de cabellos rubios y ojos claros.

Y el abuelo permanece sentado en su mecedora. Tiene la mirada perdida, una barba de dos días y una expresión enferma en su rostro.

La chica no deja de mirarle con su cara angelical y una sonrisa que resplandece.

-¡Di abuelo! –insiste jovialmente-. ¡Di! ¿Por qué rompiste el reloj? Según lo que has contado, tuvo que ser muy divertido. –Y la chica ríe con gracia-. Mucho más que los relojes que te salen bien. Esos son muy aburridos: siempre lo mismo. Tic-tac. Tic-tac.

El abuelo, famoso en el mundo entero, sigue con la mirada perdida. No parece haber oído nada, o bien ignora a su nieta.

-¿Abuelo? –Repite la muchacha una vez más, sin perder la sonrisa.

Y el abuelo gira la cabeza lentamente, sonriendo. Pero es una sonrisa que no resplandece. Es una sonrisa que parece extender una sombra sobre kilómetros a la redonda.

-¿Sabes por qué rompí el reloj, querida? –Pregunta, escupiendo las palabras.

Y la chica, qué rica ella, niega con la cabeza, haciendo girar grácilmente sus coletas rubias.

La sonrisa del abuelo se agranda.

-¡Pues porque me salió de los cojones!

El abuelo no volvió a hablar en todo el día. La chica tampoco volvió a insistir.

29 de enero de 2009

Kilocodos partido microonzas al cuadrado

Resulta que desde el principio de los tiempos el hombre ha tenido la necesidad de medir el mundo que le rodeaba. La cosa empezaría midiendo tierra con el propósito de repartírsela con exactitud, y a falta de otras referencias, utilizó su propio cuerpo como sistema de medida.

-Hey, Cabeza de Mamut, estás en mi sembrado.

-Perdona, Cuerno de Chivo, pero creo que mi terreno llega hasta aquí.

-Vamos a ver, vamos a llevarnos bien. Qué te parece esto. Desde esos árboles hasta el río hay cien pasos de terreno. Cincuenta pasos para cada uno y listo. No vamos a liarnos a hachazos por esto.

-No vamos a liarnos a hachazos, pero mi parte de terreno es más estrecha porque el río hace un codo, y no tenemos la misma cantidad de tierra. No sé si me explico.

-Te explicas. Espera, que saco el ábaco de dientes de cabra y me pongo a multiplicar pasos cuadrados, para que los dos tengamos la misma superficie.

-Venga vale.

-Pos vale.

El problema venía porque en aquellos tiempos cada tribu vivía a su rollo, y cada una medía las cosas como Dios le dio a entender. Así que no era extraño que existieran roces en las zonas limítrofes.

-Hey, neandertal de mierda, te estás colando en mi territorio.

-Vete al cuerno, cromañón mamón. A que te atizo con mi hacha de sílex.

-No vayamos a leches. Quedamos en que desde esa cueva hasta el límite de tu terreno había treinta pies, y te estás colando.

-Y hay treinta pies. Lo que pasa es que calzo un cincuenta, chaval.

-Vamos a tener que liarnos a hostias, parece.

-Ngá.

Efectivamente, no sólo es que unos midieran en pulgadas, otros en pies y otros en codos, es que además el pulgar, el pie o el codo de cada uno era distinto. Y si os parece que exagero, buscad ‘libra’ en wikipedia y reíd a gusto. Hay hasta ocho libras distintas que yo haya contado. A cual más divertida que la anterior.

De modo que la tierra siguió girando, y las distintas regiones tuvieron que aprender a convivir con las medidas de sus vecinos para ponerse de acuerdo. A fin de cuentas, el mundo era un lugar gigantesco e inabarcable, y ponerse a unificar medidas fue una utopía durante largos siglos. Además, a la gente de a pie le bastaba con medir longitud, masa y tiempo, de modo que con una sencilla regla de tres se iba tirando.

Pero resulta que no todo se mide con longitud, masa y tiempo, y aunque al común de los mortales esto les diera más o menos igual, había gente un poco más especializada a la que esto le podía suponer un pequeño quebradero de cabeza.

- Esta pieza de oro no tiene buena pinta.

- A ver. Qué le pasa.

- Pesa una onza, pero me parece que el judío nos la ha colado. He ido a medir su volumen metiéndola en agua, pero las cubas para medir están en fracciones de pintas, y yo el oro lo mido en onzas por pies cúbicos.

- Bffffff. Onzas y pies cúbicos. No me líes. Yo me sé la densidad el oro en quilates y fracciones de pinta. Quién cojones sabe lo que pesa un pie cúbico de oro.

- Ya, pero es que en el taller las pesas que hay para la balanza son de onzas.

- No jodas.

- Yepe.

- Cagüendiez.

La regla de tres se va complicando a medida que las magnitudes a medir se hacen más complejas. Si dos personas miden volumen y masa de manera distinta, cada una con sus unidades, no salen dos posibles medidas de densidad, sino cuatro, con el cachondeo que ello conlleva. Y estamos hablando de la magnitud derivada más sencilla que te puedas echar a la cara: masa partido por volumen.

Con ello no es difícil imaginar el panorama que había en los siglos XVII y XVIII, cuando Galileo, Kepler, Newton y Leibniz se dedicaron a darle vueltas de tuerca al asunto. Estos tipos se inventaron el cálculo integral y diferencial para poner en marcha la mecánica clásica. Empezaron a utilizar de manera sistemática magnitudes más complejas, como aquellas que miden aceleraciones, campos gravitatorios y energías. No estamos hablando de que haya que revisar una simple cuenta. La mecánica clásica tiene la gracia de que midiendo unas cuantas magnitudes, a base de hacer cálculos, llegues a otras magnitudes por multitud de caminos posibles. Por ejemplo, imaginemos que estás en el siglo XVIII y que quieres medir la fuerza de la gravedad sobre un objeto. Puedes simplemente tirar el objeto desde una torre y medir cuánto tarda en caer. Con el tiempo que te sale, calculas la aceleración. Multiplicando la masa por la aceleración, tenemos la fuerza de la gravedad sobre el objeto en cuestión. Ya está. Calculada la fuerza. Ahora, como no estás seguro de tus cálculos, mándale una carta a tu colega de Londres mida lo mismo en su casa. El tipo cuelga el peso de un muelle cuya constante conoce, y ha multiplicado dicha constante por lo que ha estirado el muelle. Hala. Tu peso está en onzas y tu medida de la altura en varas. Su peso está en libras y la constante de su muelle, en arrobas por pulgada. Ponte a repasar unidades como un desgraciado.

Así que a finales del XVIII, a los franceses se les ocurrió una idea cojonuda. ¿No era la razón pura la fuente del progreso? Pues razón por un tubo. Nos inventamos una unidad para la masa, otra para la longitud, y ésas son las que valen. Medimos un cuadrante terrestre. ¿Ya? Pues que sepáis que el metro es la diezmillonésima parte. Ahora el peso. Cogemos un decímetro cúbico (para eso hemos inventado el metro) de agua a 4ºC. Lo que pese es un kilo. ¿Todos conformes?

Esto puede parecer totalmente arbitrario. De hecho lo es. ¿Por qué metros y no yardas? ¿Por qué kilos y no libras? ¿No da igual una medida que otra, mientras estemos todos de acuerdo? Pues sí, da igual. El patrón inicial que se tome da lo mismo. Pero es que estos franceses, que estarían hasta el ojete de hacer cuentas por un tubo, se dieron cuenta de que un sistema de medida podía ser más agradecido que otro a la hora de hacer cálculos. Para empezar, no todo puede medirse en metros: hay cosas muy pequeñas o muy grandes para las que el metro puede ser muy incómodo. La pulgada se utilizaba para objetos pequeños, las yardas, varas y pies, para distancias cortas, y las leguas para grandes distancias. ¿Qué tal si todas las medidas de longitud son múltiplos y submúltiplos del metro?

-Mucho mejor, dónde va a parar. Ahora sé que mi pene mide 15 centímetros. Yo mido 1,75 metros. Luego yo mido once penes y medio, y París está de Lyon a 2.6 millones de penes.

-Macho, el sistema métrico no lo acabamos de inventar para eso…

-Envidia cochina es lo que tienes. Lo que pasa es que a ti te salen más penes.

Pero no era ésta la única ventaja. La principal, la más útil y la que más ayuda a la hora de hacer cálculos, es que el sistema métrico ese coherente. ¿Qué significa esto? La fuerza se define como masa por aceleración. Luego si tenemos un kilogramo acelerado a un metro por segundo… sale un Newton. La energía es fuerza por distancia. Si aplicamos un Newton a lo largo de un metro… ¡sale un Julio! ¡Un Newton por metro cuadrado es un Pascal! Evidentemente esto no es magia. Esas unidades se definieron así. Pero hacerlo de esta manera tiene la ventaja de que las magnitudes son coherentes por sí solas, sin necesidad de ir añadiendo engorrosas contantes, cosa necesaria en el sistema anglosajón. Uno puede liarse la manta a la cabeza, hacer una serie de cálculos tan larga como se quiera, y si uno ha metido unidades del sistema internacional, saldrán unidades del sistema internacional. Tan seguro como que las vacan dan leche.

-Un Julio al cuadrado partido por kilogramo a la cuarta potencia es un Hotze.

-¿Qué mide?

-Todavía no lo sé, pero es un Hotze. Te lo juro. Uno exactamente.

El sistema métrico suponía una ventaja evidente, a no ser que hablaras inglés. No me preguntéis por qué, pero era así. Si hablabas inglés, los kilogramos no pesaban lo mismo, y los metros dejaban de tener cien centímetros.

-Y un carajo sistema métrico. No sea que midamos Gran Bretaña y nos salga más pequeña.

Así que los anglosajones decidieron seguir midiendo en sus unidades medievales, tan felices. Pero resulta que eso de que los franceses hubieran hecho un sistema de medidas les dio envidia. Así que decidieron, olé sus cojones, hacer un Sistema Anglosajón, por su cuenta. ¿Que eso es una estupidez, existiendo el métrico? Qué va. Estupidez sería, no sé, ver una peli española ambientada en Madrid y hacerla exactamente igual pero con gente americana y ambientada en Nueva York para no tener que leer subtítulos. Estupidez sería, por ejemplo, hacer dos sistemas anglosajones distintos, uno para América y otro para el Reino Unido, simplemente porque a principios del XIX todavía picaba aquello de la Guerra de la Independencia.

Sí. Es lo que estáis pensando. Igual que existe Vanilla Sky, existe el Sistema Tradicional de Estados Unidos y el Sistema Imperial (inglés).

-Hey yanqui, mi libra es más grande que la tuya.

-A que te pego con mi hacha de sílex…

-Ngá.

Todo esto me daría exactamente igual si no estuviera estudiando Ingeniería Aeronáutica. Que los anglormales midan como les salga del carajo; mis reglas vienen en centímetros. ¿Verdad? Pues nein. Resulta que gran parte de las normas aeronáuticas vienen del otro lado del Atlántico, con sus correspondientes pies, pulgadas, libras y (esto realmente me pone enfermo) libras fuerza. Sí, joder, libras fuerza. ¿No pesan las cosas? Pues una libra pesa una libra fuerza. ¿Coherencia de unidades? ¿Ezo qué eh lo que eh? Pon unos cuantos números en la ecuación hasta que te cuadren las unidades, que pareces tonto. No esperarás que utilicemos vuestros kilos y Newtons con olor a ajo…

Así que lo tengo decidido. Si la Humanidad quiere avanzar, el mundo entero tiene que aunar sus fuerzas e invadir Gran Bretaña y Estados Unidos. Hay que invadirlos, correrlos a todos a hostias, meterles a cada uno una regla graduada por el culo y colgarles un kilogramo de los huevos. Un kilogramo exactamente.

22 de enero de 2009

Y todos se quedaron a escucharle

Aquel día de junio la clase de don Antón no resultó en absoluto aburrida; acontecimiento extraño que fue celebrado en silencio por todos sus alumnos. Normalmente este buen profesor solía enfrentarse con estoica resignación a la indiferencia y apatía de los muchachos a los que daba clase, de no más de diecisiete o dieciocho años. En sus casi treinta años de docencia había aprendido a seguir explicando incluso cuando no le escuchaban más que las paredes. Nunca se interrumpía reclamando atención. Jamás se enfadaba, ni gritaba, y tampoco gustaba de dar consejos paternalistas en sus clases. Por todo ello, aunque solía ser ignorado mientras impartía su materia, sí que gozaba de la simpatía de los chicos del instituto.

Pero aquel día la clase de don Antón era apasionante. Hacía un calor de mil diablos, y los muchachos venían de una agotadora clase de gimnasia. Los chicos sudaban y resoplaban de sofoco, pero todos escuchaban atentos al profesor.

-…y entonces, al chocar contra la superficie de la Tierra, se produciría una onda expansiva equivalente a diez mil explosiones atómicas. Se levantaría una nube de polvo que cubriría la atmósfera durante meses en un invierno nuclear…

Se había aflojado la corbata, y se limpiaba el sudor con regularidad, sin parar de hablar, ilustrando su explicación con magníficos dibujos en la pizarra. Su voz resonaba tranquila en el silencio de la clase, un silencio anormal e inquietante: no se oía lo más mínimo afuera en la calle ni en las aulas contiguas.

-…la luz del sol no podría llegar a la superficie durante meses, quizá años. Toda la civilización tal y como la conocemos ya habría desaparecido fruto del impacto. Los pocos humanos supervivientes lucharían por subsistir en una noche eterna…

En ese momento, uno de los alumnos cogió la mano por debajo de la mesa a su chica, que se sentaba a su lado. Lo hizo sin mirarla, sin jugar con los dedos entrelazados. Ambos tenían la vista puesta en la aterradora y magnífica ilustración de don Antón. Con varios colores, había dibujado la Tierra siendo golpeada fatalmente por un meteorito. Por alguna razón, quizá el calor, quizá el silencio que imperaba tras la voz del profesor, ese dibujo que otros días habría sido ignorado, despertaba un sentimiento angustiante en toda la clase.

-Por supuesto, todo depende del tamaño del cuerpo que impacte. Un meteorito de dos o tres kilómetros de diámetro resultaría incluso más destructivo. Con un tamaño mayor ni siquiera los habitantes de las antípodas al impacto sobrevivirían…

Don Antón remarcó el contorno del meteorito con la tiza naranja con tanta fuerza que la partió, haciendo una raya diagonal que cruzaba todo el dibujo. Ahogó una exclamación de fastidio y borró la raya utilizando el borrador con mucho cuidado para no desgraciar los bellísimos efectos de la onda expansiva.

-Disculpen –siempre les hablaba de usted, trato que él mismo no recibía en ocasiones-. Voy a ver si lo arreglo… Lo que quiero es que les quede claro…

El silencio se impuso durante unos segundos en los que don Antón trabajó afanosamente en la pizarra. Nadie osó hablar. Nadie se atrevió a hacer un chiste o una broma en este pequeño paréntesis. La pareja de enamorados seguía cogida de la mano, sudando. El resto de alumnos permanecían quietos y expectantes en sus pupitres, inexplicablemente nerviosos.

-Parece que cada vez lo estropeo más. –Sonrió don Antón, concentrado en su tarea.

Y fue entonces cuando empezó a oírse. Primero un ligero murmullo, como el silbido lejano de un tren, quizá algo más impreciso. Las ventanas estaban abiertas para permitir el paso de aire fresco en aquella atmósfera asfixiante, y todo el mundo pudo percibirlo casi al mismo tiempo. Los muchachos se miraron alarmados, pero nadie dijo nada.

Fue don Antón el primero que abrió la boca. Lo hizo mientras miraba a la ventana, con satisfacción. Todos sus alumnos siguieron la mirada del profesor. Casi de inmediato sonaron ahogados numerosos gritos de terror y sorpresa. Una mota negruzca rompía con el azul celeste del firmamento, seguida de una larga cola incandescente. El silbido crecía.

-Vaya, parece que hemos tenido suerte –comentó-. Si no me equivoco, estamos ante un destructor total, con más de diez kilómetros de diámetro. Calculo que tendremos unos cinco minutos antes del impacto. Mientras tanto, aprovechemos este regalo tan oportuno de la Madre Naturaleza para continuar la clase. Nadie como Ella para ilustrar la ciencia.

-Dios mío… -gimió alguien.

El resto de la clase se limitó a mirar, con el gesto desencajado de pavor. El cuerpo que rasgaba el cielo crecía inexorablemente.

Don Antón continuó impartiendo la lección, tomando ahora la ventana desde la que se veía el meteorito como pizarra.

-Como podrán observar, en la entrada a la atmósfera…

Y todos se quedaron a terminar de escucharle.

20 de enero de 2009

El triunfo del racionalismo feroz

-¡Maldicción, maldicción y maldicción!

Se enfurece y se tira de los pelos el viejo científico racionalista. Se queja con su voz chillona, de niño pequeño con una rabieta. No le salen las cuentas. Bufa, se mesa sus rebeldes cabellos blancos y vuelve a sentarse, retomando sus cálculos.

-El arcoseno de la semisuma de… claro… y luego hay que aplicar el tensor de la desviación espacio-tiempo… Sí, hasta aquí todo bien... Y ahora se le resta la energía potencial que pierde el leptón cuando… ¡Oh, maldicción y maldicción!

Lanza con violencia el lápiz contra la mesa, que rebota describiendo una parábola. El lápiz se esconde en un rincón tras una de las estanterías, huyendo de la furia de su dueño.

El viejo científico racionalista coge el cuaderno donde ha estado haciendo sus cálculos y lo escruta con los ojos saliéndosele de las órbitas. Salta de operación a operación, de línea a línea, tratando de encontrar el fallo. Pero es en vano. Sabe, íntimamente sabe, lo sabe sin duda, que no se ha equivocado. Las cuentas están bien.

Se levanta de nuevo, tan de repente y con tanta rabia que su silla sale despedida hacia atrás. Abre la puerta de su casa y sale afuera. Es de noche, y el en cielo brillan millíones de estrellas desafiantes.

-¡Malditas bolas de fuego, estúpidas e insensatas! ¡No tenéis ni idea! ¡Ni idea! –Grita, levantando un dedo acusador.

-¡Malditas galaxias, malditas nebulosas, malditas moléculas y malditos átomos! ¡Acabo de calcularlo y no podéis existir! La inestabilidad del núcleo de las partículas fundamentales es una evidencia matemática. La materia es una ilusión, un engaño, una falacia…

Regresa a su despacho raudo y veloz, coge el cuaderno donde ha hecho sus cálculos y vuelve a salir, para levantarlo con ambas manos y mostrarlo al cielo.

-¡Mira, mira bien! ¡Tú, Universo idiota, enorme montón de nada! ¿Por qué sigues negándote a ver lo evidente? ¡El átomo es imposible! ¿Por qué sigues existiendo, maldito seas?

Queda un momento callado, con los brazos en alto mostrando su descubrimiento. Durante un instante nada pasa. Ni una ráfaga de viento, ni un grillo cricando, ni un perro ladrando en todo el vecindario. Lo único que finalmente rompe ese silencio es el gruñido de satisfacción del viejo científico racionalista al ver que, obedientes y cabizbajas, rindiéndose ante la evidencia, las estrellas comienzan a apagarse una por una.