Resulta que desde el principio de los tiempos el hombre ha tenido la necesidad de medir el mundo que le rodeaba. La cosa empezaría midiendo tierra con el propósito de repartírsela con exactitud, y a falta de otras referencias, utilizó su propio cuerpo como sistema de medida.
-Hey, Cabeza de Mamut, estás en mi sembrado.
-Perdona, Cuerno de Chivo, pero creo que mi terreno llega hasta aquí.
-Vamos a ver, vamos a llevarnos bien. Qué te parece esto. Desde esos árboles hasta el río hay cien pasos de terreno. Cincuenta pasos para cada uno y listo. No vamos a liarnos a hachazos por esto.
-No vamos a liarnos a hachazos, pero mi parte de terreno es más estrecha porque el río hace un codo, y no tenemos la misma cantidad de tierra. No sé si me explico.
-Te explicas. Espera, que saco el ábaco de dientes de cabra y me pongo a multiplicar pasos cuadrados, para que los dos tengamos la misma superficie.
-Venga vale.
-Pos vale.
El problema venía porque en aquellos tiempos cada tribu vivía a su rollo, y cada una medía las cosas como Dios le dio a entender. Así que no era extraño que existieran roces en las zonas limítrofes.
-Hey, neandertal de mierda, te estás colando en mi territorio.
-Vete al cuerno, cromañón mamón. A que te atizo con mi hacha de sílex.
-No vayamos a leches. Quedamos en que desde esa cueva hasta el límite de tu terreno había treinta pies, y te estás colando.
-Y hay treinta pies. Lo que pasa es que calzo un cincuenta, chaval.
-Vamos a tener que liarnos a hostias, parece.
-Ngá.
Efectivamente, no sólo es que unos midieran en pulgadas, otros en pies y otros en codos, es que además el pulgar, el pie o el codo de cada uno era distinto. Y si os parece que exagero, buscad ‘libra’ en wikipedia y reíd a gusto. Hay hasta ocho libras distintas que yo haya contado. A cual más divertida que la anterior.
De modo que la tierra siguió girando, y las distintas regiones tuvieron que aprender a convivir con las medidas de sus vecinos para ponerse de acuerdo. A fin de cuentas, el mundo era un lugar gigantesco e inabarcable, y ponerse a unificar medidas fue una utopía durante largos siglos. Además, a la gente de a pie le bastaba con medir longitud, masa y tiempo, de modo que con una sencilla regla de tres se iba tirando.
Pero resulta que no todo se mide con longitud, masa y tiempo, y aunque al común de los mortales esto les diera más o menos igual, había gente un poco más especializada a la que esto le podía suponer un pequeño quebradero de cabeza.
- Esta pieza de oro no tiene buena pinta.
- A ver. Qué le pasa.
- Pesa una onza, pero me parece que el judío nos la ha colado. He ido a medir su volumen metiéndola en agua, pero las cubas para medir están en fracciones de pintas, y yo el oro lo mido en onzas por pies cúbicos.
- Bffffff. Onzas y pies cúbicos. No me líes. Yo me sé la densidad el oro en quilates y fracciones de pinta. Quién cojones sabe lo que pesa un pie cúbico de oro.
- Ya, pero es que en el taller las pesas que hay para la balanza son de onzas.
- No jodas.
- Yepe.
- Cagüendiez.
La regla de tres se va complicando a medida que las magnitudes a medir se hacen más complejas. Si dos personas miden volumen y masa de manera distinta, cada una con sus unidades, no salen dos posibles medidas de densidad, sino cuatro, con el cachondeo que ello conlleva. Y estamos hablando de la magnitud derivada más sencilla que te puedas echar a la cara: masa partido por volumen.
Con ello no es difícil imaginar el panorama que había en los siglos XVII y XVIII, cuando Galileo, Kepler, Newton y Leibniz se dedicaron a darle vueltas de tuerca al asunto. Estos tipos se inventaron el cálculo integral y diferencial para poner en marcha la mecánica clásica. Empezaron a utilizar de manera sistemática magnitudes más complejas, como aquellas que miden aceleraciones, campos gravitatorios y energías. No estamos hablando de que haya que revisar una simple cuenta. La mecánica clásica tiene la gracia de que midiendo unas cuantas magnitudes, a base de hacer cálculos, llegues a otras magnitudes por multitud de caminos posibles. Por ejemplo, imaginemos que estás en el siglo XVIII y que quieres medir la fuerza de la gravedad sobre un objeto. Puedes simplemente tirar el objeto desde una torre y medir cuánto tarda en caer. Con el tiempo que te sale, calculas la aceleración. Multiplicando la masa por la aceleración, tenemos la fuerza de la gravedad sobre el objeto en cuestión. Ya está. Calculada la fuerza. Ahora, como no estás seguro de tus cálculos, mándale una carta a tu colega de Londres mida lo mismo en su casa. El tipo cuelga el peso de un muelle cuya constante conoce, y ha multiplicado dicha constante por lo que ha estirado el muelle. Hala. Tu peso está en onzas y tu medida de la altura en varas. Su peso está en libras y la constante de su muelle, en arrobas por pulgada. Ponte a repasar unidades como un desgraciado.
Así que a finales del XVIII, a los franceses se les ocurrió una idea cojonuda. ¿No era la razón pura la fuente del progreso? Pues razón por un tubo. Nos inventamos una unidad para la masa, otra para la longitud, y ésas son las que valen. Medimos un cuadrante terrestre. ¿Ya? Pues que sepáis que el metro es la diezmillonésima parte. Ahora el peso. Cogemos un decímetro cúbico (para eso hemos inventado el metro) de agua a 4ºC. Lo que pese es un kilo. ¿Todos conformes?
Esto puede parecer totalmente arbitrario. De hecho lo es. ¿Por qué metros y no yardas? ¿Por qué kilos y no libras? ¿No da igual una medida que otra, mientras estemos todos de acuerdo? Pues sí, da igual. El patrón inicial que se tome da lo mismo. Pero es que estos franceses, que estarían hasta el ojete de hacer cuentas por un tubo, se dieron cuenta de que un sistema de medida podía ser más agradecido que otro a la hora de hacer cálculos. Para empezar, no todo puede medirse en metros: hay cosas muy pequeñas o muy grandes para las que el metro puede ser muy incómodo. La pulgada se utilizaba para objetos pequeños, las yardas, varas y pies, para distancias cortas, y las leguas para grandes distancias. ¿Qué tal si todas las medidas de longitud son múltiplos y submúltiplos del metro?
-Mucho mejor, dónde va a parar. Ahora sé que mi pene mide 15 centímetros. Yo mido 1,75 metros. Luego yo mido once penes y medio, y París está de Lyon a 2.6 millones de penes.
-Macho, el sistema métrico no lo acabamos de inventar para eso…
-Envidia cochina es lo que tienes. Lo que pasa es que a ti te salen más penes.
Pero no era ésta la única ventaja. La principal, la más útil y la que más ayuda a la hora de hacer cálculos, es que el sistema métrico ese coherente. ¿Qué significa esto? La fuerza se define como masa por aceleración. Luego si tenemos un kilogramo acelerado a un metro por segundo… sale un Newton. La energía es fuerza por distancia. Si aplicamos un Newton a lo largo de un metro… ¡sale un Julio! ¡Un Newton por metro cuadrado es un Pascal! Evidentemente esto no es magia. Esas unidades se definieron así. Pero hacerlo de esta manera tiene la ventaja de que las magnitudes son coherentes por sí solas, sin necesidad de ir añadiendo engorrosas contantes, cosa necesaria en el sistema anglosajón. Uno puede liarse la manta a la cabeza, hacer una serie de cálculos tan larga como se quiera, y si uno ha metido unidades del sistema internacional, saldrán unidades del sistema internacional. Tan seguro como que las vacan dan leche.
-Un Julio al cuadrado partido por kilogramo a la cuarta potencia es un Hotze.
-¿Qué mide?
-Todavía no lo sé, pero es un Hotze. Te lo juro. Uno exactamente.
El sistema métrico suponía una ventaja evidente, a no ser que hablaras inglés. No me preguntéis por qué, pero era así. Si hablabas inglés, los kilogramos no pesaban lo mismo, y los metros dejaban de tener cien centímetros.
-Y un carajo sistema métrico. No sea que midamos Gran Bretaña y nos salga más pequeña.
Así que los anglosajones decidieron seguir midiendo en sus unidades medievales, tan felices. Pero resulta que eso de que los franceses hubieran hecho un sistema de medidas les dio envidia. Así que decidieron, olé sus cojones, hacer un Sistema Anglosajón, por su cuenta. ¿Que eso es una estupidez, existiendo el métrico? Qué va. Estupidez sería, no sé, ver una peli española ambientada en Madrid y hacerla exactamente igual pero con gente americana y ambientada en Nueva York para no tener que leer subtítulos. Estupidez sería, por ejemplo, hacer dos sistemas anglosajones distintos, uno para América y otro para el Reino Unido, simplemente porque a principios del XIX todavía picaba aquello de la Guerra de la Independencia.
Sí. Es lo que estáis pensando. Igual que existe Vanilla Sky, existe el Sistema Tradicional de Estados Unidos y el Sistema Imperial (inglés).
-Hey yanqui, mi libra es más grande que la tuya.
-A que te pego con mi hacha de sílex…
-Ngá.
Todo esto me daría exactamente igual si no estuviera estudiando Ingeniería Aeronáutica. Que los anglormales midan como les salga del carajo; mis reglas vienen en centímetros. ¿Verdad? Pues nein. Resulta que gran parte de las normas aeronáuticas vienen del otro lado del Atlántico, con sus correspondientes pies, pulgadas, libras y (esto realmente me pone enfermo) libras fuerza. Sí, joder, libras fuerza. ¿No pesan las cosas? Pues una libra pesa una libra fuerza. ¿Coherencia de unidades? ¿Ezo qué eh lo que eh? Pon unos cuantos números en la ecuación hasta que te cuadren las unidades, que pareces tonto. No esperarás que utilicemos vuestros kilos y Newtons con olor a ajo…
Así que lo tengo decidido. Si la Humanidad quiere avanzar, el mundo entero tiene que aunar sus fuerzas e invadir Gran Bretaña y Estados Unidos. Hay que invadirlos, correrlos a todos a hostias, meterles a cada uno una regla graduada por el culo y colgarles un kilogramo de los huevos. Un kilogramo exactamente.